Milagro en el fuego (+ Video y Audio)

No siempre el fuego llega con la violencia de un estallido. A veces se anuncia desde lejos, casi con naturalidad, camuflado en la costumbre, en la destreza aparente, en la familiaridad con que se manipulan sustancias que, por instantes, parecen obedecer a la mano humana.

En Guayos, donde la pirotecnia forma parte de la tradición popular y convive con la euforia de las celebraciones, la chispa suele asociarse a la fiesta. Pero basta un mínimo desajuste, una fracción de segundo, una combinación imprevista de factores para que la alegría se transforme en catástrofe.

El 1 de febrero comenzó como tantos otros días. Nada hacía prever que, en medio de una manipulación rutinaria, se desencadenaría una explosión capaz de trastocar el destino de dos jóvenes. La pólvora, que tanto entusiasma como amenaza, exige precisión, distancia y conocimiento; aun así, conserva siempre una cuota de imprevisibilidad que la vuelve un enemigo latente.

La urgencia se impuso de inmediato. El sistema de Salud activó su maquinaria de respuesta y dos pacientes llegaron al Hospital General Provincial Camilo Cienfuegos, de Sancti Spíritus, con lesiones gravísimas. Uno de ellos era Abel Hondal Toledo, de 27 años, quien presentaba quemaduras en casi toda la superficie corporal.

Desde ese instante, su vida dejó de depender de una sola intervención. Pasó a sostenerse sobre una cadena de decisiones clínicas, sobre la pericia de un colectivo médico y una voluntad interior que no se rindió ni en el borde más oscuro.

La medicina en su límite

Médicos, enfermeros y técnicos se enfrentaron a un cuadro extremo. Foto: Yosdany Morejón Ortega/ Cubadebate.

Tatiana Hernández González, especialista de segundo grado en Cirugía Plástica y Caumatología, recuerda la activación del servicio con la exactitud de quien conoce que cada minuto pesa como una vida. “En cuanto el SIUM avisa, preparamos el cuerpo de guardia y la zona de recepción”, explica.

En esa frase cabe una escena entera: el apuro contenido, la organización inmediata, la concentración absoluta de un equipo que sabe que no hay espacio para titubeos.

La llegada de los lesionados puso en marcha una respuesta de alta tensión. Hubo que clasificar, estabilizar, proteger funciones vitales, reanimar, priorizar. Todo al mismo tiempo. Nada podía quedar para después. “Por muy acostumbrados que estemos, siempre es difícil”, admite la doctora. Y lo dice con la serenidad de quien ha vivido muchas urgencias, pero conoce que ninguna preparación elimina del todo el impacto de recibir a un joven con el cuerpo devastado.

La magnitud del cuadro se confirmó pronto: uno de los pacientes presentaba quemaduras cercanas al 95 por ciento de la superficie corporal; el otro, el 75 por ciento y politraumatismos severos.

La sala donde se decidió una vida

Mariela Guardarrama Miranda (derecha), jefa del servicio de Cirugía. Foto: Yosdany Morejón Ortega/ Cubadebate.

En esa zona donde la alarma se encuentra con la técnica, el equipo de Cirugía Plástica y Caumatología respondió con la disciplina de los colectivos que han aprendido a trabajar bajo presión sin perder el método. La doctora Mariela Guardarrama Miranda, jefa del servicio, fija con una cifra el tamaño del desafío: “Abel llegó con un 95 por ciento de superficie corporal quemada. Crítico extremo desde el ingreso”.

Desde entonces, el caso dejó de ser un conjunto de heridas para convertirse en una lucha por sostener la existencia. El cuadro incluía trauma craneoencefálico, daño ocular y lesiones en las manos con exposición de estructuras profundas.

Era un gran quemado en el sentido literal y más cruel del término: un paciente atravesado por lesiones extensas, profundas y simultáneas, sometido a un proceso de deterioro que amenazaba cada una de sus funciones vitales.

“Llegaron dos pacientes y ambos requerían atención urgente. Dividimos el equipo, pero lamentablemente uno de ellos falleció 48 horas después”, precisa Hernández González.

Por su parte, las lesiones de Abel abarcaban cara, tronco y miembros. El organismo quedó expuesto a un proceso hostil que no termina con la primera intervención. En los grandes quemados, el peligro continúa después del ingreso: hipovolemia, shock, sepsis, pérdida de proteínas, deterioro nutricional, cicatrización compleja. La recuperación no es un ascenso recto, sino una sucesión de pequeñas conquistas y retrocesos. Y, sin embargo, el paciente respondió. No de inmediato. No sin dolor. No sin riesgo. Pero respondió.

El peso de la disciplina

El apoyo del personal de enfermería resultó determinante para salvar. Foto: Yosdany Morejón Ortega/ Cubadebate.

“El primer mes es decisivo. Ingresan en shock hipovolémico. Hay que reanimar y sostener”, explica Guardarrama Miranda. La frase resume la esencia de la atención a un paciente con quemaduras masivas: salvar no es un acto único, sino una vigilancia ininterrumpida. Reanimación hídrica, control hemodinámico, prevención de infecciones, cobertura antibiótica, vigilancia constante, nutrición adecuada, curas sucesivas. Cada procedimiento es una trinchera.

Después aparece la amenaza más persistente: la sepsis. Y, con ella, el tiempo; no el del reloj, sino el biológico, ese que cicatriza despacio, que exige paciencia, que obliga a convivir con la incertidumbre. En una sala de quemados, cada mejora parece pequeña, pero cuenta. Cada lesión que limpia, cada tejido que responde, cada parámetro que se estabiliza es un triunfo.

El trabajo del personal de Enfermería resultó decisivo. En ausencia de acompañantes (debido al protocolo), la responsabilidad del cuidado recayó por completo sobre el equipo: higiene, curas, alimentación, movilización, observación continua. Es allí donde se mide la verdadera resistencia de un servicio.

“El caso era muy complejo por la extensión. Pero empezó a mejorar, y cuando salió del servicio hubo euforia. Hubo certeza. Fue una victoria”, recuerda el enfermero Michel García Eduardo. En esa respuesta hay una verdad profunda: no toda conquista se celebra con estruendo. A veces la mayor alegría es sobria, casi silenciosa, porque proviene de haber acompañado a un paciente hasta la orilla de la vida y haberlo visto regresar.

Un paciente que decidió quedarse

La llegada de los lesionados puso en marcha una respuesta de alta. Foto: Yosdany Morejón Ortega/ Cubadebate.

Hay personas que luchan por sobrevivir. Otras, sin nombrarlo así, toman una decisión más honda: se aferran a la vida con una voluntad que desmiente el pronóstico. Abel fue de esos. “Se aferró a vivir desde el inicio”, afirma la doctora Tatiana. “Nunca hablamos de muerte; siempre de avanzar”. La precisión de esa sentencia revela una ética del cuidado: en casos así, el lenguaje también cura. Sostener la posibilidad del porvenir forma parte del tratamiento.

Abel habla sin adornos, sin buscar épica. “Me aferraba a mí mismo para sacar fuerzas. Si Dios me dio la oportunidad, había que seguir”. Su voz no se eleva; se sostiene. En ella no hay dramatismo, sino la verdad desnuda de quien rozó el abismo y decidió no entregarse a él. “Las curas son fuertes, pero se ve el resultado y no tengo palabras para lo que hicieron conmigo, para la entrega de médico y personal de Enfermería”, añade.

En términos clínicos, su evolución es excepcional. En términos humanos, es todavía más elocuente. Cada día posterior al accidente adquiere, en su caso, una dimensión de futuro.

La voz de una madre

Ivette Toledo Cabrera habla desde el extremo más frágil y más luminoso de esta historia: el lugar de la madre que acompaña, teme y espera. “Vine con él en la ambulancia…, casi me muero”, confiesa. La frase basta para reconstruir la violencia emocional de aquel traslado, la impotencia de ver a un hijo en condición crítica y la imposibilidad de prepararse para semejante golpe.

Pero su relato no se queda en el espanto. Se sostiene en la gratitud y en la fe. “Dios puso la sabiduría en los médicos. Para Dios no hay nada imposible”, dice. Su testimonio mezcla dolor y reconocimiento profundo hacia quienes hicieron posible el rescate de su hijo. “Desde el personal de limpieza hasta el último médico”, agradece, y en esa enumeración está también la comprensión de que la Medicina se sostiene sobre muchos gestos invisibles.

“Esto es una obra y va a terminar bien”, asegura. Hay en sus palabras una convicción que no nace del consuelo fácil, sino de haber visto de cerca la entrega de un colectivo. Su esperanza no es ingenua: está hecha de observación, de confianza ganada y de gratitud.

El punto clímax

La recuperación de Abel Hondal Toledo no es solo un triunfo personal. Foto: Yosdany Morejón Ortega/ Cubadebate.

“Cada vez que discutíamos el caso en colectivo le dábamos pocas probabilidades de vida”, reconoce la jefa del servicio. La frase desnuda la complejidad real del caso. Era mucho: demasiadas quemaduras, demasiado daño, demasiadas variables en contra. Pero el organismo respondió y el trabajo, también.

Abel atravesó la fase crítica, superó el peligro inmediato y egresó con secuelas, con curas pendientes y con una recuperación que todavía demanda atención. “Me siento bien. Lento, pero bien”, dice el joven. Y en esa respuesta cabe toda la verdad de quien ha vuelto del fondo: no hay plenitud inmediata, sino una reconstrucción gradual, una forma nueva de habitar el cuerpo y el tiempo.

En una historia como esta, la estadística se queda corta. Los números describen, pero no alcanzan a explicar cómo un joven con el 95 por ciento del cuerpo quemado logró sobrevivir ni cómo un hospital sostuvo durante semanas una atención de tan alta complejidad. Tampoco pueden resumir la suma de voluntades, saberes y cuidados que hicieron posible ese desenlace.

El éxito de un colectivo

El Servicio contó en todo momento con los medicamentos necesarios. Foto: Yosdany Morejón Ortega/ Cubadebate.

Esta historia no pertenece solo a Abel Hondal Toledo. Tampoco a una sala o a un médico en particular. Es la historia de un colectivo que funcionó con precisión. Médicos, enfermeros, técnicos, personal de apoyo: una red humana que sostuvo durante semanas una batalla sin pausa.

El caso marca un hito para la Medicina espirituana, no solo por la magnitud de las quemaduras o por la complejidad del tratamiento, sino porque demuestra que, incluso en condiciones extremas, la disciplina clínica, la organización institucional y la entrega cotidiana pueden torcer el curso de un destino que parecía cerrado. No hay grandilocuencia en eso, sino conocimiento, método, experiencia y una vocación que no suele aparecer en las estadísticas.

Después del fuego

Hay historias que no terminan cuando el paciente recibe el alta. Continúan en la piel que se rehace, en las cicatrices que ordenan la memoria, en las manos que vuelven a aprender, en cada paso medido, en cada revisión que aún espera. También persisten en quienes estuvieron allí cuando la posibilidad de perderlo todo parecía definitiva.

Porque a veces —muy pocas veces— el fuego no destruye del todo. En ocasiones deja al descubierto lo esencial: el valor de un equipo, la fe de una madre, la resistencia de un joven, la templanza de una institución que no se rinde. Y entonces ya no se trata solo de un accidente, ni de un hospital, ni de una provincia.

Se trata de esa obstinación humana, silenciosa y tenaz que incluso entre cenizas decide permanecer.

En video, conozca más sobre la historia de Abel

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Cubadebate

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