Durante años, las grandes compañías tecnológicas construyeron un relato optimista sobre el futuro digital: crecimiento económico, innovación constante y una transición hacia operaciones cada vez más sostenibles.
Microsoft, Google y Amazon habían anunciado ambiciosos compromisos climáticos, prometiendo reducir emisiones, utilizar energías limpias y alcanzar metas de carbono neutral en las próximas décadas.
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Sin embargo, la irrupción masiva de la inteligencia artificial generativa está alterando por completo ese panorama.
La expansión de herramientas basadas en IA ha provocado un aumento sin precedentes en la demanda de capacidad informática. Entrenar modelos avanzados y responder millones de consultas diarias requiere enormes centros de datos, miles de servidores funcionando de manera continua y un consumo energético cada vez más elevado.
El resultado es una creciente tensión entre el avance tecnológico y las promesas ambientales realizadas por los grandes emporios tecnológicos
Uno de los casos más representativos es el de Microsoft. Según información publicada recientemente , la compañía estaría evaluando retrasar o incluso modificar algunos de sus objetivos energéticos más ambiciosos debido a las crecientes necesidades de infraestructura para inteligencia artificial.
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Aunque la empresa sostiene públicamente que mantiene su compromiso climático, el debate refleja la dificultad real de equilibrar expansión tecnológica y sostenibilidad.
Google enfrenta una situación similar. De acuerdo con la fuente citada, la empresa había establecido el objetivo de alcanzar emisiones netas cero para 2030, pero sus propios informes ambientales muestran que las emisiones han aumentado considerablemente con respecto a los niveles de 2019.
La propia compañía reconoce que la integración acelerada de IA en sus servicios incrementa la presión sobre el consumo energético y dificulta cumplir la hoja de ruta climática prevista.
Amazon tampoco escapa a esta tendencia. Su compromiso de alcanzar cero emisiones netas para 2040 se enfrenta a cuestionamientos relacionados con la magnitud de su operación logística y el crecimiento continuo de sus centros de datos. La expansión global de servicios en la nube y plataformas de inteligencia artificial ha multiplicado las exigencias eléctricas de su infraestructura tecnológica.
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El problema ya no compete solo a esas corporaciones. De acuerdo con estimaciones del Departamento de Energía de Estados Unidos, los centros de datos podrían representar hasta el 12% del consumo eléctrico del país hacia 2028.
A nivel mundial, organismos internacionales prevén que la demanda energética asociada a estas infraestructuras crecerá de manera acelerada durante esta década y ya algunas regiones de Estados Unidos y Europa presentan señales de vulnerabilidad energética local debido, precisamente, a la concentración de grandes instalaciones de IA.
De problema tecnológico a problema energético
Investigaciones académicas recientes describen los centros de datos de IA como un nuevo factor estructural de presión sobre las redes eléctricas mundiales.
Además de la saturación de esas redes, traen de la mano un incremento del uso de combustibles fósiles y el estrés hídrico por los sistemas de refrigeración de servidores.
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El estudio citado, publicado este año, calcula que el consumo combinado de las seis mayores empresas de IA podría crecer desde 118 TWh en 2024 hasta casi 300 TWh en 2030.
La Agencia Internacional de Energía (IEA) estima que los centros de datos consumieron alrededor de 415 TWh de electricidad en 2024, equivalente al 1,5% del consumo eléctrico mundial. Pero el dato más grave es lo que viene: podrían alcanzar cerca de 945 TWh para 2030, más del doble en apenas seis años.
Y esa cantidad de energía sería similar al consumo eléctrico anual de países industrializados completos.
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Según la propia IEA, los centros de datos optimizados para IA tendrán un crecimiento eléctrico mucho más agresivo que los convencionales. La demanda energética asociada específicamente a IA podría multiplicarse por cuatro hacia 2030. .
Ello significa que no se trata solo de “más internet” o “más nube”, sino del altísimo y peligroso costo de entrenar y ejecutar modelos avanzados de inteligencia artificial.
Uno de los datos más impactantes es que, según la IEA y reportes recientes del sector energético estadounidense, los centros de datos impulsados por IA ya representan aproximadamente el 50% del crecimiento de la demanda eléctrica en Estados Unidos.
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La tendencia es tan acelerada que la Administración de Información Energética de EE.UU. proyecta nuevos récords históricos de consumo eléctrico en 2026 y 2027 debido, principalmente, al auge de la IA y las criptomonedas.
Un reciente informe citado por The Guardian revela que los centros de datos ya consumen cerca del 6% de toda la electricidad disponible en Reino Unido y Estados Unidos, muy por encima del promedio global. En países como Singapur, la cifra llega al 19% del consumo nacional eléctrico.
Cuando van lejos los de adelante y los de atrás corren lento
La situación plantea una contradicción cada vez más evidente: mientras la inteligencia artificial promete transformar industrias enteras y acelerar la productividad global; a su vez, incrementa la huella energética de la economía digital.
Y la velocidad con la que avanza esa carrera tecnológica parece mucho mayor que la capacidad de los sistemas energéticos para adaptarse de forma sostenible.
Entre el 75 % y el 90 % de los centros de datos a nivel mundial dependen de la refrigeración por agua y más de la mitad usa agua potable. Los inmensos centros de datos en la nube pueden consumir entre 1 y 5 millones de galones de agua al día en condiciones de máxima demanda. Imagen ilustrativa: tomada de clarin.com.
Ocurre que la industria del silicio se mueve bajo un régimen de urgencia extrema, pautada por el lanzamiento trimestral de aplicaciones, patentes y la incesante competencia geopolítica.
En la acera opuesta, la regeneración del entorno y la transición hacia matrices sin emisiones de carbono exigen una temporalidad menos agitada, asociada, entre otros, a la construcción de parques eólicos, y autorizaciones ambientales que requieren años de maduración.
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Mientras el tejido social debate si los beneficios cotidianos de la automatización compensan el incremento de la huella ecológica, los servidores continúan operando día y noche.
La paradoja contemporánea queda así servida: los mismos algoritmos programados para optimizar el porvenir de la humanidad se configuran hoy como el principal obstáculo para asegurar la viabilidad climática.
La incertidumbre, entonces, ya no es solo cuánto puede crecer la IA, sino si el planeta podrá sostener el costo energético de esa expansión sin comprometer los objetivos climáticos que muchos han defendido durante años.
Por Vladia Rubio / Tomado de Cuba Sí



