Donald Trump asumió la presidencia el 20 de enero y, entre excentricidades y otros demonios cuyo nombre en buen cubano es impublicable, nos dejó como regalo por el Día Mundial de la Educación Ambiental, celebrado este domingo (menos de una semana después de su toma de poseción) una lección irrefutable: él es el peor enemigo del planeta, bueno, solo superado por el imperialismo fascista que representa.
Lo anunció en sus prioridades y, efectivamente, firmó una orden ejecutiva para que Estados Unidos se retire del Acuerdo de Paris, un tratado internacional vinculante, adoptado en 2015, el cual establece un marco para la acción climática global. Su objetivo principal es limitar el calentamiento global a «muy por debajo de 2 grados Celsius» y procurar limitar el aumento a 1.5 grados Celsius, en comparación con los niveles preindustriales. Este acuerdo se basa en las contribuciones determinadas a nivel nacional, donde cada país establece sus propias metas de reducción de emisiones.
Pero claro, la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París sorprende a… nadie. No solo porque el magnate la acompañó con otros actos sin adjetivos suficientes como la retirada de la OMS o una cacería contra los migrantes al más puro estilo NAZI, sino porque ya esta decisión es un remix de su primer mandato (2017 – 2021) cuando anuló igualmente los compromisos de un país que está entre los mayores emisores de gases de efecto invernadero del mundo.
Revisemos algunas de las consecuencias de entonces, porque ahora la historia se repite: la administración de Trump revirtió numerosas regulaciones ambientales y promovió el uso de combustibles fósiles y, consecuentemente, la pérdida de oportunidades en la transición hacia una economía baja en carbono, pues la gran potencia mundial dejó de invertir en energías renovables, tecnologías limpias y otras soluciones innovadoras para el cambio climático, además, privó al Fondo Verde para el Clima, de uno de sus principales contribuyentes.
Lamentablemente, esta situación nos recuerda la fragilidad de los acuerdos internacionales y la importancia de la estabilidad política para abordar los desafíos globales. Es necesario fortalecer la cooperación internacional y mantener un compromiso continuo con la acción climática (entre otras muchas acciones impostergables), pero ¿es posible en medio del actual orden mundial? ¿En un panorama donde las naciones más poderosas son intocables y un psicópata se enarbola como símbolo de “la democracia”?
Tomado de Cuba Si



