Por estos días conocí la historia de una mambisa cubana orgullo para las féminas de la Mayor de Las Antillas, aunque del occidente del país, como ella existieron muchas jóvenes que se incorporaron a las tropas mambisas para luchas de varias formas. A ella le tocó curar a los heridos. Labor que desarrolló con tanta dignidad que fue nombrada por Antonio Maceo como Capitana del Ejército Libertador.
A los 58 años de edad María Isabel del Rosario Rubio resultó abanderada de la lucha por redimir a Cuba del yugo español y en total desprendimiento dedicó a esa causa sus conocimientos farmacéuticos, bienes y propiedades.
En las Guerras de Independencia del siglo XIX su labor fue sanar no solo heridas, sino también dar aliento a los soldados, impregnarles el espíritu de patriotismo y mostró el humanismo que caracteriza a las mujeres cubanas, desde los campos de batalla.
Esta mujer era la hija de Enrique Rubio, el médico del pueblo, –Paso Real de Guane, en Pinar. Isabel Rubio nació el ocho de julio de 1837 y aunque su madre, Prudencia Díaz, murió cuando ella tenía solo seis años, no sufrió miseria, más bien su padre llenó de afectos a sus retoños y les propició una buena educación.
De manera incansable unió a los patriotas y organizó la labor conspirativa, convirtiéndose su casa en un centro activo de apoyo a la independencia consiguiendo que muchos cosecheros de tabaco de la zona tomaran conciencia de la necesidad de su participación en la contienda liberadora. Esa casa hoy, está convertida en museo para honrar la memoria de la insigne patriota, a 120 años de su muerte.
Cuando fue preciso partir a la manigua, la acompañaron su hijo y su nieto. Marchó con cuanto útil pudo cargar para salvar vidas e instaló un hospital militar ambulante. Durante dos años atravesó casi todo Pinar del Río siguiendo detrás de las tropas y curando el dolor de los heridos con la utilización de hierbas medicinales
El 12 de febrero de 1898 descubrieron el campamento mambí devenido hospital y al salir la Capitana del Occidente, como se le conocía, a la puerta para conminar al enemigo a no disparar, porque dentro solo había mujeres, enfermos y niños, una descarga de fusiles la hirió en una pierna.
Como prisionera de guerra la obligaron a realizar una gran caminata hasta San Diego de los Baños, después la trasladaron a un centro hospitalario donde una fulminante gangrena acabó con su vida tres días después, el 15 de febrero de 1898. En su testamento redactado poco antes de morir, exigió al notario señalar que se hallaba prisionera, y expresó su voluntad de ser enterrada con las ropas de mambisa.
Una mujer a prueba de balas que con 60 años seguía soñando con la libertad de Cuba. Muestra del fervor patriótico y heroicidad de las mujeres en la Mayor de Las Antillas.

