Una flor para Martí

La tomó, entre todas, las más blanca. Intensa se veía aquella flor entre sus manos, tan intensa como la vida de su destinatario. Una flor para Martí. Era el mejor día para el homenaje. Amanecía 28 de Enero.

Cada escuela, cada plaza, cada lugar donde estuviese el Apóstol de Cuba se llena, en esta jornada, de reverencias, de rostros pequeños acompañados de padres y maestros, de ofrendas agradecidas a un hombre que trazó los destinos del país.

Pareciera como si, para los suyos, José Martí volviera a vivir en fecha de su natalicio, justo cuando se cumplen 166 años de aquel primer llanto en la casita de la calle Paula, en La Habana. Para entonces, vendría al mundo el hombre guía e inspirador de Cuba.

Y es que pasarán los años y su legado continúa marcando, también, el camino de los pueblos de América.

Un rayo de luz ilumina su rostro, el del Maestro, ese que se distingue entre todo un conjunto escultórico. Única, imponente… la Plaza Martiana de Las Tunas, hoy se vuelve concurrida, entre el juego físico y las leyes astronómicas que dan vida a las luces y sombras de todo cuanto rodea al Héroe Nacional de Cuba en el monumento céntrico de Las Tunas.

Y hasta ella –la Plaza-  llega el niño. No ha querido perderse el homenaje. Radiante, blanquísima, la deposita. Lleva su flor para Martí.

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Natasha Díaz Bardón

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