Sorteando el bloqueo, crecen las ventas globales de Havana Club

En Cuba hay barriles que llevan más de seis décadas añejando ron, a la par del bloqueo impuesto por Estados Unidos. La paciente espera le ha dado sabor y energía a un licor que lidera las preferencias en el mundo.

Cientos de toneles duermen en los almacenes de la fábrica de Havana Club en San José, a 30 km de La Habana, arrullados por un dulce aroma que recuerda a la vainilla, a la madera húmeda de un bosque. La tranquilidad es interrumpida por el tintineo de botellas que una a una desfilan por la faja eléctrica para ser llenadas y etiquetadas.

Fue en Cuba donde hace siglo y medio se creó lo que se llamó ron ligero, que suavizó el grado alcohólico de los destilados que la colonia española producía en el Caribe. Con añejamiento natural, mezclas y tacto se creó el ron que hoy bebe el mundo.

“No tenemos temor de decir que para nosotros el ron cubano es el mejor del mundo y eso está reconocido internacionalmente”, dice el maestro Asbel Morales, de 49 años, 30 de ellos dedicados al ron. Cuidadosamente revisa a contraluz la calidad del producto.

Sorteando el embargo, las ventas globales de Havana Club, marca insignia de Cuba, crecieron un 6% en 2017. Alemania y Francia son los que más compran, en tanto ven en China, donde los puros habanos ya entraron con fuerza, un mercado potencial. Llegan a más de 120 países.

“Estados Unidos significa el 39% del mercado mundial del ron premium. Por razones políticas Havana Club está excluida de ese mercado y a pesar de eso estamos dentro de los tres rones internacionales principales a nivel mundial”, explica a la AFP su director de marketing, Sergio Valdés.

Según el último reporte de la revista Drinks International, Havana Club es una de las tres marcas de ron más vendidas en el mundo junto con el Plantation y el Bacardí.

En 2013 registraron en Estados Unidos la marca “Havanista”, un ron de 7 años para entrar a ese mercado. Una expectativa que creció durante la administración de Barack Obama, pero que se diluyó con la llegada de Donald Trump. Por lo pronto, seguirá añejándose.

Havana Club pertenece a la estatal Cuba Ron y a la francesa Pernod Ricard, sociedad formada en 1993. La familia que fue propietaria antes del triunfo de la Revolución vendió en los años 90 a la firma Bacardí los derechos para producir el ron en Puerto Rico con el mismo nombre y venderlo en Estados Unidos, con otro diseño y etiqueta.

“No se puede hablar del ron cubano si no tienes las condiciones del suelo, temperatura, humedad que existe en Cuba, el proceso de añejamiento no se puede equiparar con otros en el mundo. Se hace en condiciones naturales y sin aditivos”, dice el maestro Asbel.

Además, “la tierra cubana está muy poco contaminada. Eso hace que la caña de azúcar crezca muy rápido, con un contenido de azúcar alto y bajos contenidos de sustancias que degradan la melaza”, materia prima del ron.

“¿Ron cubano? No lo sé, hay algo especial en su sabor. Quizá es la tierra en donde se produce”, dice el turista alemán Curosch Zandi de 41 años, tras comprar una botella en el Museo del Ron de La Habana.

Y está el factor humano, “el papel que desempeña el maestro del ron, que tiene en su mente, nariz, garganta, identificado un perfil del producto que quiere obtener”, dice Asbel. “Sin el maestro que controla desde la entrada de la materia prima hasta el producto terminado, es imposible hablar de ron cubano”.

En Cuba hay siete maestros y una maestra del ron. “La cultura del ron ligero cubano que nació hace 150 años se ha transmitido de gen eración en generación”, explica.

Y los barriles de roble blanco son clave. Ellos ya han sido usados antes para añejar whisky. Y son esenciales para conseguir sabores naturales. Por ejemplo, los trazos de vainilla se logran con 10 años de añejamiento. El maestro elige en qué barril coloca el producto y cuánto tiempo pasará allí.

Los rones de alta gama se terminan de añejar en barriles con 60 años de vida, donde sólo el oxígeno, el tiempo y la madera pueden crear un licor suave, que deja de dormir en el tonel para despertar en el paladar.

Tomado de Cubadebate

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Yoe Hernández González

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