No sabe el tiempo que estuvo esperando por la mujer perfecta. Cuando la encontró no estaba sola, su cariño ya tenía dueño, sin dudas ni restricciones. ¿Cómo podía interferir?, pero su amor por ella era tan grande que no podía rendirse.
Su oponente era un adolecente rebelde, y no pretendía tomar parte en la aventura. Se negó desde el principio, fuerte, intransigente, pero pudo más la perseverancia del rival, que su capricho. Finalmente pese a todos los pronósticos, lo aceptó.
Muchos viven una historia similar, también llegaron tarde, se enfrentan a uno o varios adversarios, adultos o niños. Hay quienes tuvieron un desafío mayor, han sentido sus movimientos cuando esos pequeños estaban en el vientre de su madre.
Existen otros hombres como ellos, que no tienen hijos propios, pero han destinado su cariño para cuidar aquellos seres, que por fortuna han encontrado en su camino. Sienten el orgullo de enseñarles, cuidarlos, comprenderlos y ayudarlos. Lo único que lamentan de no tener su misma sangre es no entregarla si un día estos hijos la necesitaran.
Ser padre es más que el fruto de la unión de dos personas, es querer y aceptar que los genes no determinan cuando se habla de amor.
Por: Anybis Labarta García y Odalys Molina Espinosa

