Otra ciudad bajo el suelo

La historia de los cementerios está ligada a la propia historia del hombre sobre la Tierra. Estos sitios sagrados llegaron hasta nosotros no solamente para el estudio de la muerte sino también para pasarle revista a la vida.

Nuestra bicentenaria ciudad de Las Tunas tiene cosas muy interesantes que contar en materia de camposantos. Los orígenes de estos servicios se remontan al ya distante siglo XVIII, cuando era costumbre universal darles sepultura a los difuntos en los patios de las iglesias.

Aunque nuestro territorio tuvo ermita católica desde 1690, esta no  lcanzó la categoría de iglesia hasta 1752. Años antes, el Obispo Don Jerónimo Valdés había autorizado edificarla al heredero del hato de Las Tunas, Diego Clemente del Rivero. Por entonces la población de la comarca se encontraba sumamente dispersa,  por la cual no hubo enterramientos allí hasta 1790. Ya para esa fecha muchos lugareños se congregaban en torno al templo.

Aquella parroquia fundacional estaba en el mismo lugar donde se encuentra hoy. Su patio incluía la zona actual del parque Vicente García y de la vecina Casa Azul. Fue esta área el primer cementerio que tuvo la ciudad. Anónimos y seculares, reposan allí desde entonces los restos mortales de quién sabe cuántos tuneros de la época.

En 1847, la necrópolis trasladó su sede para la zona donde se encuentra en la actualidad. Y algo que resulta curioso: en aquella etapa fue bautizada con el nombre de Cementerio de Colón, igual que su homólogo capitalino. No fue hasta el siglo XX  que pasó a llamarse como lo conocemos hoy: Cementerio Municipal Mayor General Vicente García González.

Cuando se construyó tenía 45 varas de fondo por 44 de frente. La fachada estaba construida  de mampostería y el resto de tablas de madera conocida por jiquí. Los féretros se cargaban al hombro y eran hechos por carpinteros locales. Durante la Guerra de los Diez Años los españoles lo utilizaron como área de defensa, por lo que fue escenario de encarnizados combates.

En 1945 el cementerio fue sometido a un amplio proceso de reconstrucción por colecta pública. Se recaudaron mil 177 pesos para las obras generales. Las fuerzas vivas de la ciudad donaron materiales y otros recursos. El estado constructivo de la necrópolis mejoró sustancialmente, pero el proyecto originó que muchas tumbas de la parte delantera se perdieran para siempre.

De todos los sepulcros que se conservan hoy en el camposanto tunero, el de mayor antigüedad es el de la francesa Victoria Martinell, fallecida en 1860. Por cierto, esta mujer fue  la madre de Iria Mayo, la compañera en la vida de Charles Peiso, el legendario  colaborador de los mambises que tomó parte en la Comuna de París, quien cayó en combate el 7 de julio de 1877.

Actualmente nuestro cementerio tiene una extensión de cuatro mil metros cuadrados y está dividido en 12 patios, con un promedio de 500 tumbas cada uno. Su estilo es ecléctico, con un importante nivel de arte funerario. La mayoría de las esculturas son obra del español Nicasio Menza, y casi todos los panteones abovedados salieron del arte  del  cubano José Domínguez.

Algunas de las más relevantes figuras tuneras de los dos últimos siglos están enterradas aquí También reposan en su osario los restos de nuestros mártires internacionalistas. El mausoleo del Mayor General Vicente García clasifica como uno de los sepulcros más visitados. Está hecho de mármol de Carrara y es la ofrenda de Las Tunas a uno de sus hijos más entrañables.

Desde la más humilde fosa común hasta el más suntuoso panteón, el cementerio municipal transpira historia y sentimiento. La ciudad de los difuntos palpita cada día con la certeza de que nadie la olvida. En fin de cuentas, ella será, inexorablemente, nuestra última morada.

(Visitado 62 veces, 1 visitas hoy)

Juan Morales Agüero

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *