¿Y qué me dicen de estos papás?

Los padres buenos no son exclusivos del género humano. ¿Buscar al niño al círculo infantil? ¿Cambiarle el pañal alguna que otra vez? ¿Llevarlo de paseo al parque los domingos? Bah, cualquiera de esos deberes es una bicoca al lado de lo que la paternidad les exige a ciertos progenitores del reino de los animales. Propongo echarles un vistazo a estos ejemplos.

Una especie de tilapia macho no prueba bocado mientras nacen sus crías. ¿Motivos? Carga los huevos en la boca durante las dos semanas de la incubación. Cuando las posturas sacan, los pececillos nadan por las cercanías. Pero si surge algún peligro, papá-tilapia abre su enorme boca y las crías entran a  ocultarse dentro. Pasado el apuro, salen  como si tal cosa.

El kiwi de Nueva Zelanda, una pequeña ave no voladora, lo hace casi todo, pues es la hembra la que manda en el «hogar». Ella se limita a poner el único huevo, para que él se le siente encima y lo empolle durante 80 días, oculto en una madriguera subterránea. En el ínterin, papá kiwi apenas se alimenta, por lo que suele perder hasta la mitad de su peso. Por suerte para él, su polluelo abandona el nido a la semana de nacido.

Algo similar hace el pingüino emperador. Cuando su pareja echa al exterior la postura, él se la coloca entre los pies, bajo los dobleces grasos de su panza, para evitarle el contacto con el hielo por espacio de… ¡115 días! La inanición en medio del invierno antártico dura hasta que mamá pingüina retorna del océano. Los padres son tan importantes en esta especie que las hembras suelen buscar parejas rechonchas, capaces de sentarse mucho tiempo sobre los huevos sin necesidad de comer.

El macho de la chinche de agua es otro mártir de la paternidad, pues entrega su espalda para que la hembra le desove encima más de un centenar de huevecillos. Mientras incuba la nidada y la protege de las infecciones de los hongos, el infeliz queda incapacitado para volar, pues los huevos les sellan las alas.

Papá caballito de mar no le va a la zaga: a él no solo le toca llevar durante 40 ó 50 días el millar de huevos que su hembra le deposita en una bolsa prendida a su abdomen hasta que rompen el cascarón. También les suministra oxígeno a través de su propio sistema sanguíneo. ¡Hasta los dolores del «parto» van a la cuenta de este esbelto animalito en su versión masculina!

El ñandú macho  convive con varias hembras a la vez. Es él quien construye los nidos para que ellas pongan sus huevos. Luego asume la incubación y el cuidado de las polladas. Antes de eso, y en aras de facilitarse tan agobiante menester, transporta los huevos de cada una de sus concubinas a un gran nido colectivo. Los pichones quedan al cuidado del buen padre hasta que tienen de cuatro a seis meses, mientras las madres pasean sin compromisos por las praderas.

Cierto sapo europeo figura también entre los buenos padres: apenas su hembra desova, se envuelve los huevos en las piernas y los lleva durante los 21 días de la incubación. En todo ese tiempo su cónyuge duerme a pierna suelta. Otro batracio llamado partero lleva los huevos y las crías sobre unos orificios que le salen en su espalda. Mientras tanto, La madre se desentiende de sus deberes.

Muchas aves machos son muy buenos padres. El albatros viajero es capaz de volar millares de kilómetros en busca de alimentos, mientras su compañera y los pichones les esperan impacientes en el nido. Por cierto, antes de que su prole nazca, él sustituye a la hembra en el nido para que ella se desentumezca y estire un poco las piernas –es un decir- por los alrededores.

En ciertas zonas desérticas o de escasas precipitaciones, otros plumados varones apelan a un procedimiento eficaz para aplacar la sed de sus polluelos: remontan vuelo y, desde lo alto, localizan un charco, se empapan las plumas del pecho y regresan al nido para que los pichones beban el agua que estas portan.

La defensa de su familia exige consagración a las aves varones. Cuando llueve, el macho cubre a los pichones con sus alas para mantenerlos calientes y secos. Para proteger el nido de los piojos y las pulgas, los estorninos recogen trocitos de plantas tóxicas y los depositan alrededor y dentro de la casita de paja para que actúen como un insecticida capaz de matar o de repeler a los  parásitos.

Por: Juan Morales Agüero.

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