De los llamados «ladrillos» a los smartphones

La primera llamada que se realizó desde un teléfono celular a una línea fija fue a través de un aparato celular que pesaba 794 gramos y tardaba diez horas en cargarse… Desde aquel entonces a la actualidad, la telefonía móvil en el mundo ha ido avanzado a pasos vertiginosos.

Posiblemente ni siquiera el propio Alexander Graham Bell hubiera imaginado que 140 años después de su invento, el teléfono –y toda la tecnología e infraestructura que acompañan su desarrollo– evolucionara hasta llegar a un pequeño dispositivo que cabe en la palma de la mano o en el bolsillo del pantalón y que, además de los servicios de llamada y voz, permite tomar fotografías y video, navegar por internet, escuchar música, jugar y otro sinfín de posibilidades.

Según un informe de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), publicado en el 2017, el número de abonados a la telefonía celular supera al de habitantes en el planeta; por otra parte, el número de abonos a la banda ancha móvil excede los 50 por cada cien habitantes a escala mundial, lo que ha propiciado una mejora del acceso a la red de redes y los servicios en línea.

La presencia de los móviles en la sociedad actual ha crecido a tal ritmo que incluso algunas personas se llegan a cuestionar si se trata de necesidad, de costumbre, o simplemente de estar más a la moda, pues no son pocos los usuarios que han convertido este dispositivo en casi una extensión de su cuerpo.

Más allá de las cifras, el camino, desde las operadoras en el siglo XIX moviendo cables en las centralitas telefónicas hasta la aparición de los smartphones o teléfonos inteligentes, no ha sido nada sencillo. Se necesitaría de décadas de innovación, de mejora en las terminales, y de nuevos softwares y diseños móviles para ir dejando atrás el cableado y pasar a la fibra óptica y a la comunicación vía satelital.

Aunque existen criterios discordantes al respecto, varios son los especialistas que señalan que el concepto básico de telefonía celular surgió en 1947 cuando los investigadores de los Laboratorios Bell, de la AT&T, en Estados Unidos, pusieron su atención en los teléfonos móviles usados en los automóviles y cómo podrían usarse áreas de servicio de pequeño tamaño para aumentar la capacidad de tráfico y el espectro de radiofrecuencia.

Sin embargo, el salto cualitativo ocurrió el 3 de abril de 1973 al realizarse la primera llamada desde un teléfono celular a una línea fija. El hito fue protagonizado por Martin Cooper, quien trabajaba como gerente general de sistemas de Motorola, y la llamada fue dirigida al mayor rival que tenían en el sector, Joel Engel, precisamente de la empresa Bell Labs de AT&T.

Según reseñan varios documentos, la llamada se hizo con un prototipo de Motorola que pesaba 794 gramos y medía 33 x 45 x 8,9 centímetros, tardaba diez horas en cargarse y solo contaba con media hora de batería. El objetivo, tras la creación del aparato, era poder comunicarse con una persona, lo mismo si se encontraba en el trabajo, la casa o caminando por la calle.

DE LA PRIMERA LLAMADA MÓVIL A LA 5G

Lo que se conoce como la primera generación (1G) de la telefonía móvil proliferó durante los años 80 con la introducción de dispositivos basados en redes celulares con múltiples estaciones de base y protocolos para facilitar el traspaso cuando el teléfono se movía de una celda celular a otra. Sin embargo, los sistemas de transferencia que usaban eran analógicos y solo servían para el servicio de voz.

A pesar de estas limitantes, los equipos de 1G causaron gran revuelo y la primera terminal móvil que apareció en Estados Unidos fue un Motorola DynaTAC 8000x, en 1983, que llegó a comercializarse a un precio de 4 000 dólares. Se trataba del sucesor del prototipo de Cooper.

Aunque el aparato en cuestión era todo un «armatroste», un «ladrillo» para los parámetros actuales –con 800 gramos de peso y unas dimensiones de 33 x 4,5 y 8,9 centímetros– fue un gran avance para la época, pues podía ser trasladado sin grandes dificultades y utilizado por una única persona.

Con la década de 1990 llegó también la 2G. Estos teléfonos eran de menor tamaño, más ligeros y con un coste inferior, basados en comunicación digital tipo GSM (Global System for Mobile Communications), lo que facilitaba la transmisión de voz con una calidad superior y mayor nivel de seguridad que la analógica.

Además, esta tecnología permitía la transmisión de varias conversaciones a través de un único canal de forma simultánea, por lo que se produjo un abaratamiento de la contratación de las líneas. Asimismo, se incorporaron otras mejoras en la duración de la batería y tecnologías de bajo consumo energético.

La introducción de esta generación trajo la desaparición de los grandes equipos que se conocían hasta esa época como teléfonos celulares, dando paso a pequeñísimos dispositivos que entraban en la palma de la mano y oscilaban entre los 80-200 gramos.

La única limitante recaía en que, si bien los protocolos empleados en los sistemas 2G pueden soportar velocidades de transmisión de voz más altas, no sucede lo mismo con la comunicación de datos, como fax y SMS.

Por esta época, precisamente el 16 de agosto de 1994, también se comercializaría el IBM Simon, que se conoce como el primer smartphone en la historia de los móviles. Se trataba de un teléfono táctil que permitía enviar emails y hasta instalar aplicaciones de terceros. No obstante, fue la salida en el 2007 del primer iPhone lo que impulsó la popularización de los móviles inteligentes.

A partir de entonces, y con el desarrollo de las redes 3G –que permitieron aumentar la capacidad de transmisión de datos y así ofrecer servicios como la conexión a internet desde el móvil, la videoconferencia, la televisión y la descarga de archivos– fue que los smartphones empezaron a cambiar la vida en la sociedad.

Y es que estos pequeños dispositivos, que llegan a contar con una capacidad de procesamiento similar o incluso superior a la de un ordenador, han alterado por completo la idea del teléfono y su fin esencial de comunicación, para convertirse en una ventana de acceso a cualquier información del mundo.

Si bien antes utilizábamos por separado otros equipos como una cámara, un GPS, un reloj, un periódico, un bloc de notas… todo ello se ha unificado, mediante aplicaciones, en un mismo dispositivo y al alcance de tan solo unos pocos desplazamientos táctiles.

A la par, también han ido creciendo las líneas que soportan las comunicaciones y mientras algunos países ya tienen instalada la 4G, cuyo principal aporte es su capacidad para proveer velocidades de acceso mayores de 100 Mbit/s en movimiento y 1 Gbit/s en reposo, otros ya empiezan a apostar por la 5G.

Esta última generación vendría siendo entonces una nueva versión del sistema de conexión de red sin cables y su lema sería algo así como más rapidez y mayor cobertura, ya que respondería al incremento de la demanda de internet móvil y la necesidad de soportar un gran ancho de banda en un tiempo de espera reducido.

Lo preocupante de los modelos y sistemas que se lanzan para cubrir las demandas de la sociedad, es que mientras se espera que la 5G esté disponible para  el 2020 en países como Corea del Sur y también en Europa, las brechas digitales no hacen más que acentuarse entre ricos y pobres.

Datos recientes de la UIT confirmaban que en el 2017 apenas el 76 % de la población mundial tenía acceso a una señal 3G, y solo el 43 % a una conexión 4G, en tanto, la probabilidad de que las personas accedan a la web con regularidad en Europa es tres veces superior que en África, a lo que se suma la posibilidad de que los primeros gocen de mayores velocidades de acceso al conectarse.

TRAS LA CARCASA

Más allá de la pantalla de cristal líquido o la batería o el teclado, ¿sabe usted de que está hecho su teléfono celular? El uso de los móviles sería casi imposible sin la extracción de ciertos minerales como el coltán o tantalio, que almacena la electricidad para que suene; el estaño, que se usa para soldar los circuitos; el wolframio, que permite que su móvil vibre; y el oro que se utiliza para cubrir el cableado.

Sin embargo, estos materiales son también conocidos como minerales de sangre, pues a menudo se extraen en zonas de conflicto donde los grupos guerrilleros ganan millones para comprar armas, o están relacionados con la corrupción organizada, la explotación infantil y los desplazamientos forzosos.
Uno de los casos más paradigmático es la región de los Grandes Lagos, en África, pues solo en la República Democrática del Congo se concentra el 80 % de las reservas mundiales conocidas de coltán.

Si bien algunos países han emitido normas para que las empresas importadoras de estos minerales comprueben que las materias primas no provienen de zonas de guerra o sean utilizadas para financiar a grupos armados, chequear esa trazabilidad en la práctica no resulta nada fácil y en tanto no se aplique una ley o disposición más efectiva, seguirán apareciendo los subterfugios para convertir lo ilegal en legal.

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Tomado de Granma

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Lianne Gómez Rodríguez

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