Con una suerte de desfile mediático de discursos plagados de demagogia, exaltaciones a la democracia representativa y a los “restituidos” valores nacionales, transcurrió la jornada cuyo guion, sobreactuado por la mayoría de los parlamentarios, tenía un final más evidente que la más taquillera película de Hollywood.
Fue este en verdad un día triste para Brasil, pero fue también una jornada nefasta para la democracia en América Latina. Con estos términos ha sido calificada la fecha que ha visto consumado el golpe judicial-parlamentario contra la presidenta legítima de la mayor nación sudamericana.
Otra carta del maso de herramientas del softpower ha sido estrenada para el restablecimiento neoliberal del orden en el patio trasero que solía ser América Latina.
A la luz de los acontecimientos ya consumados, pueden esgrimirse miles de razones sobre cómo el PT y el sistema político brasileño permitieron un proceso a todas luces amañado, pero lo cierto es que la presidenta constitucional electa por más de 54 millones de votantes en unas elecciones democráticas que fueron avaladas por varias organizaciones internacionales, ha sido separada de su cargo por el voto de 61 senadores.
Lo curioso es que 49 de esos mismos políticos que intervinieron en el sufragio, enfrentan hoy procesos judiciales por diversos cargos, entre los que se destacan, corrupción, tráfico de influencias y abuso de poder.
Por tanto, el mayor sinsentido es que Dilma ha sido removida de su cargo por un grupo de corruptos que no pudieron probar una sola de las imputaciones en su contra y, sin embargo, se las arreglaron, gracias a la alianza con el sistema judicial, para sacarla del poder dándole al proceso visos de legalidad en el nombre de la democracia.
El mismo Michel Temer, ya nombrado presidente, tiene pendientes con la justicia brasileña por imputaciones con la estatal PetroBras, que empañan su imagen como político y más como mandatario comprometido con sanear el maltrecho sistema político brasileño.
Rouseff, ha declarado reiteradamente, en la vista oral primero y hoy en las protestas en las calles de Brasilia, que este no ha sido solo un golpe contra su mandato, sino contra el Partido de los Trabajadores y el pueblo brasileño que será el mayor afectado.
El hecho de que junto a su destitución se pretendiera privarla de sus derechos políticos por ocho años, y por ende la posibilidad de ocupar cargos públicos en ese período, revela la intención de destruir no solo su obra frente al ejecutivo sino cualquier posibilidad de retornar al poder.
Como dijera la destacada periodista Estela Calloni, citada por la multinacional TeleSur, estamos viviendo un proceso de recolonización de los Estados Unidos sobre la América Latina, tomar conciencia de ello y actuar en consecuencia es la única forma de resistir.
Quizá lo único positivo de esta jornada sea el reconocer dos lecciones fundamentales para la supervivencia de la izquierda latinoamericana: en la lucha de clases contra el capital no existen medias tintas y, segundo y más importante, la lucha por la transformación social radica en primera y última instancia en el pueblo, en el empoderamiento popular, en la defensa de sus derechos y, por tanto, esta lucha no ha terminado.

