Einstein y la bomba atómica

Por estos días, la humanidad conmemoró 73 años de los bombardeos atómicos yankis sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. Fue aquel un crimen horrible e innecesario, pues el imperio nipón ya  estaba virtualmente derrotado.

En el ataque a Hiroshima, el 6 agosto 1945, la bomba nuclear cayó en el centro de poblada ciudad. Más de 140 mil personas murieron en el acto. La tragedia de Nagasaki sobrevino tres jornadas después, el día 9 de agosto, con saldo de 74 mil víctimas. Otros miles  murieron luego en ambas urbes por las heridas y la radiación.

La historiografía suele atribuir Albert Einstein, Premio Nobel de Física, la  paternidad de la bomba atómica. La impugnación tiene que ver con las cartas que el científico le  remitió al entonces presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, con la marcada intención de convencerlo de fabricar cuanto antes la poderosa arma.

En una de las misivas escritas en 1939, Einstein alertó al presidente Roosevelt sobre el peligro de que los alemanes, con Adolfo Hitler a la cabeza,  desarrollaran primero una bomba basada en la fisión atómica. La advertencia influyó en que Estados Unidos decidiera realizar las pruebas con el  Proyecto Manhattan. Su culminación fueron los  golpes nucleares a las ciudades niponas referidas.

Cuando después, Einstein supo de la atrocidad que supuso el bombardeo atómico sobre objetivos civiles japoneses, se arrepintió públicamente por las cartas enviadas al presidente norteamericano. Su primer rechazo sobrevino el 10 de diciembre de 1945, en una charla conocida por Se ha ganado la guerra, pero no la paz.

Entonces escribió en el periódico New York Times:

“De haber imaginado que emplearían la bomba atómica no como advertencia disuasiva, sino como arma agresora, no hubiera movido un dedo para recomendar su fabricación”. Agregó  que la firma de esa carta fue el mayor error (moral) de su vida.

En otra carta, titulada Hay que ganar la paz, dijo:

“En la actualidad, los físicos que participaron en la construcción del arma más tremenda y peligrosa de todos los tiempos, se ven abrumados por un similar sentimiento de responsabilidad, por no hablar de culpa. (…).

“Nosotros ayudamos a construir la nueva arma para impedir que los enemigos de la humanidad lo hicieran antes, puesto que dada la mentalidad de los nazis habrían consumado la destrucción y la esclavitud del resto del mundo. (…).

“Hay que desear que el espíritu que impulsó a Alfred Nobel cuando creó su gran institución, el espíritu de solidaridad y confianza, de generosidad y fraternidad entre los hombres, prevalezca en la mente de quienes dependen las decisiones que determinarán nuestro destino. De otra forma la civilización quedaría condenada».

Sus principios sobre la paz se resumen en estas palabras:

“Mi pacifismo es un sentimiento instintivo, un sentimiento que me domina porque el asesinato del hombre me inspira profundo disgusto. Mi inclinación no deriva de una teoría intelectual; se funda en mi profunda aversión por toda especie de crueldad y de odio”.

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