Cuando el gorrión no significa tristeza

En junio mes que se identifica con los temas del medioambiente quiero hablar de  aves sencillas que habitan mis días:los gorriones. Revolotean en la mata de noni, de vencedor, de aguacate y con sus acrobacias y actitudes singulares le dan un toque de pequeño paraíso al patio de mi madre donde crecen los helechos, las malangas, el orégano, el cilantro, algunas enredaderas y jazmines.

Si tiendes algo fibroso se roban hilachas de los cordeles para hacer sus nidos, se bañan en el diminuto estanque que conforma el poco de agua que supera el nailon que tapa los tanques. En el quicio de la ventana de la vecina se fajan airosos dos machos por una hembra y ruedan al suelo en cómica batalla por el poder del amor. Muchas veces se sienten temblando en la cocina los cubiertos o la tapa de alguna olla y cuando uno va a espantar a un gato salen ligeros como niños que tocan una puerta y salen corriendo llenos de prisa y de risa.

Se cuelan en la cocina pero también, en la sala, en el comedor y son habituales como una figurilla, como un mensaje del más allá que trae la libertad o la fortuna. Eso sí se alejan del perro y las babosas han cargado la culpa, en varias ocasiones, de la exfoliación de alguna planta apetitosa para ellos. Los recuerdo y me parecen niños jugando con mi hija plenos de energía a cualquier hora del día. Ella inventó una trampa con una tanqueta y una cuerda de guitarra con la esperanza de que alguno acuda al poquito de arroz que celosamente ella pone aspirando a un atractivo sebo. Pero, claro, ellos no sucumben pues saben escoger muy bien cada momento y escena para granjearse lo que necesitan.

Los gorriones son huéspedes usuales en muchos hogares cubanos. Pueden muy bien simbolizar la ligereza, la ternura y la brevedad. En casa de un amigo, en el campo, en su mata de álamo ellos anidan al compás del goteo de las hojas del árbol creando una escena de postal en la que, una vez, habitó su madre. El otro día, en  la cocina de su casa, mientras estaba preparándole el almuerzo a su padre, entraron varios gorriones, y en la meseta se quedó uno fugazmente tranquilo, quebrando el tiempo y las costumbres,  luego revoloteó toda la casa y se marchó. Me lo contó como una visita de su madre que de seguro andaba organizando los panes y los peces del almuerzo dando el visto bueno a su cocina. Y nadie sabe tal vez son almas que vuelven a guardarnos en un modo más libre y riesgoso que la propia vida pero también más bello.

Según el sitio Ecoticias, precisamente, la increíble adaptación del gorrión al ser humano está siendo la causa de su desaparición.  A los gorriones les afecta el exceso de contaminación atmosférica y la escasez de espacios verdes donde alimentarse equilibradamente.

Según los datos que recabamos periódicamente sobre su estado -gracias a la colaboración de miles de voluntarios- los gorriones sufren anemia, malnutrición y un funcionamiento deficitario de sus sistemas de defensa, asegura Juan Carlos del Moral, coordinador del Área de Ciencia Ciudadana de SEO/BirdLife.

No existen datos sobre la fecha de llegada del gorrión a Cuba. Sólo sabemos que fue traído por los españoles a mediados del siglo pasado, cuando ya era un ave común en Europa, Asia y acababa de ser introducida en Estados Unidos (1850).Aunque este dato parece poco real, lo cierto es que el gorrión llegó aquí antes de 1865, cuando el famoso ornitólogo alemán Juan Gundlach lo reportó distribuido por casi toda la Isla destaca Letra Nueva.

El aspecto general del gorrión común no es atractivo, como tampoco lo es su canto, que se limita a un piar fuerte, a veces molesto. No obstante, a pesar de su apariencia poco afortunada, resulta un ave alegre, inquieta y dotada de una inteligencia poco común entre sus semejantes.

No concibo la vida ya sin los gorriones. Son parte de mi familia y lo más triste que me pueda suceder es hallar uno muerto después de una fuerte lluvia. Son diminutas mascotas que ocupan un sitio hermoso en nuestro corazón. Ese es la porción de medioambiente que más agradezco  y amo el patio de mi madre y sus gorriones.

Por Tahaní Martínez Rivero

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Un comentario sobre “Cuando el gorrión no significa tristeza

  • el 11 junio, 2018 a las 8:01 am
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    Tahaní, qué crónica más bonita. Ha sido un verdadero placer leerla. Los gorriones son también mis amigos. No he visto avecillas má simpáticas y confianzudas jajajaja… Saludos, colega.

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