Por Juan Morales Agüero
El azúcar no se conocía en la antigüedad, pues ninguno de sus libros ni por asomo la menciona. Los profetas consignaron muy poco sobre la caña, un raro y caro lujo importado de tierras lejanas. A juzgar por los estudiosos, “se atribuye al imperio persa la investigación y desarrollo del proceso que solidificó y refinó el guarapo, conservándolo sin fermentación para transportarlo y comerciarlo. Esto ocurrió después del año 600 de nuestra era. Por entonces, un trocito de azúcar era considerado como una preciada droga. La llamaban sal India o miel sin abejas. Herodoto la llamaba miel manufacturada, y Plinio, miel de caña.”
Por esas y por otras razones, los manatienses se enorgullecen de sus tradiciones azucareras, a pesar de que desde hace unos pocos años se dejó de sentir allí la fragancia de la meladura. Sí, realmente la historia de ese pueblo está empedrada de terrones de azúcar, desde aquel lejano 1858 cuando los primeros colonizadores españoles arribaron a la zona para sembrar sus tierras de caña de azúcar y comenzar a levantar el ingenio Vista Hermosa, cuya única torre desafía con terquedad los embates del tiempo y la indiferencia de los hombres.

El caso es que este ingenio Vista Hermosa –ubicado en el asentamiento poblacional del mismo nombre- figura entre los primeros de su tipo en territorio tunero en molerle los huesos a la dulce gramínea con fines industriales, concretamente para extraerle alcohol y azúcar. Lo hacía, por cierto, de forma extremadamente rudimentaria y mediante la utilización de mano de obra esclava. Nuestro Museo Municipal exhibe entre sus muestras grilletes y anillas encontrados en la comarca, evidente confirmación de aquel modo de producción propio del siglo XIX.
Documentos testificales de la época confirman que el ingenio Vista Hermosa estaba registrado como propiedad de Manuel Francisco Agüero y Arteaga, un hacendado con gran influencia en el territorio manatiense de la época, quien logró que la producción del rudimentario trapiche se transportara en patanas desde al antiguo embarcadero ubicado en Sabanalamar hasta Puerto Padre, y de ahí hasta el mercado de los Estados Unidos para su posterior comercialización.
El ingenio Vista Hermosas tuvo una existencia efímera, pues las tropas del Mayor General Vicente García y González, aplicando la táctica de tea incendiaria adoptada por el Ejército Libertador para debilitar el poderío económico de los colonialistas españoles, lo redujeron a cenizas durante la Guerra de 1868. De aquélla acometida solo quedó para la posteridad su vetusta chimenea de ladrillos rojos, visible para el viajero desde la carretera vieja que conduce hasta la ciudad de Las Tunas. Las torre clama -¡exige!- porque alguien se decida definitivamente a restaurarla para franquearle el paso, como se merece, a nuestro patrimonio.

