Mujeres y trajes de baño

La playa es como una pasarela donde los (as) bañistas ponen a modelar su atuendos de verano. Toallas, balsas, sombrillas, sombreros y gafas emergen del ostracismo para exhibir en público texturas y coloridos. Y están los trajes de baño.

El precursor de los baños de mar fue el rey Jorge III de Inglaterra, allá por 1780. La iniciativa logró el beneplácito de los aristócratas. Por entonces estaba en boga el ferrocarril, medio que favoreció el traslado de los bañistas hasta las zonas del litoral más ideales.

Los trajes de baño de la época se parecían a la ropa de andar por la calle: un pantalón, un par de calcetines y una amplia camisola, a cuyo borde inferior las mujeres adosaban piezas de plomo para que no se levantaran al entrar en el agua. Cuando se humedecían, el peso de aquellos bañadores podía llegar hasta cinco kilogramos.

Los bañadores se hacían de lana, algodón, seda o sarga. Las damas elegían colores negro, rojo o azul, que no insinuaban sus curvas al mojarse. En 1907 sobrevino una «transgresión», cuando la nadadora australiana Annette Kellerman se atrevió a lanzarse al agua con un ceñido traje de una sola pieza, que incluían pantalones por encima de las rodillas. Una bañista escandalizada con tal indumentaria, avisó a la policía y la valerosa muchacha fue detenida por indecente.

«En aquella época estaba prohibido que las mujeres enseñasen más de 15 cm. de muslo, empezando a medir desde la rodilla, y para que se cumpliera la Ley, en cada playa estaba atento el Medidor de Bañadores, un hombre encargado de vigilar que  ellas no superasen esos límites», acota el portal web Enfemenino.

El año 1930 trajo una revolución en el traje de baño femenino cuando la diseñadora francesa Coco Chanel puso de moda el bronceador de rostro.  Así, ante una concurrencia masculina, exhibió a varias muchachas perfectamente bronceadas. Por ser la Chanel un ícono de las novedades, a partir de ese momento el bañador ya no se utilizó más para cubrir a la bañista, sino más bien para desvestirla.

Dos años después, el diseñador galo Jacques Heim desafió los códigos morales vigentes con un atuendo playero asaz atrevido. Lo llamó átomo, y era tan minúsculo como el elemento químico del que adoptó el nombre. Para consuelo de los puritanos, no dejaba al descubierto el ombligo, uno de los grandes tabúes de entonces.

Pero a Heim le salió un competidor, dispuesto a superarlo en cuanto a espectacularidad. Tenía por nombre Louis Réard, y era experto en diseñar lencerías. Una vez en que veraneaba en las playas de Saint Tropez, notó cuánto padecían las mujeres para broncearse con sus incómodos trajes de baño. Tal situación lo hizo imaginar un modelo con solo 194 cm² de tela que, según publicitaría luego, «cabía en una caja de fósforos». Cubría los pechos, la entrepierna y… ¡dejaba el ombligo a la vista! Ninguna fémina lo había mostrado antes.

El sitio web Infobae cuenta que «cuando Réard buscó una modelo profesional para que luciera el traje, todas se negaron por considerarlo indecente. Luego de muchos ruegos, Micheline Bernardini, una nudista del Casino de París de 19 años de edad, aceptó y lo lució en la Piscine Moitor parisina. Era el 5 de julio de 1946».

Fue ella quien le puso por nombre bikini, en referencia a un pequeño atolón de las Islas Marshall llamado así, donde Estados Unidos realizaba ensayos atómicos. Porque eso, precisamente, resultó el bikini: ¡una explosión! Tras este hecho histórico, la foto de la escultural francesita fue portada en revistas de casi todo el planeta.

El debut del bikini escandalizó a los más conservadores. La iglesia católica se negó a extenderle alfombra de bienvenida, y España, Italia y Bélgica prohibieron su venta en sus territorios. Francia, la nación donde vio la luz, decretó que solo se podía mostrar en playas con costas al Mediterráneo, no así en las colindantes con el Atlántico.

El  carisma del novísimo bañador, compuesto por cuatro triangulitos de tela, no cedió. A eso contribuyeron estrellas del cine, como Raquel Welch, quien exhibió su monumental figura dentro de un bikini de piel de mamut en el filme Hace un millón de años.  Brigitte Bardot también deslumbró ¿vestida? así en Y Dios creó a la mujer. Y Marilyn Monroe figuró con uno puesto en una imagen memorable.

En 1960, el bikini de Louis Réard reforzó su voluptuoso diseño con la aparición de la lycra. Se trató de un tejido sintético susceptible de estirarse hasta incrementar en seis veces su tamaño original. Con esa confección comenzaron a fabricarse los primeros bañadores elásticos y ajustados al cuerpo. Su acogida fue excelente.

La carrera por lograr trajes de baño femeninos más osados no se detuvo. En 1964, el californiano Rudi Gernreich inventó el  topless o monokini, solo sostenido por dos tirantes que dejaban al descubierto los pechos. El diseño conmocionó tanto a la opinión pública que se prohibió su uso. Incluso, en Francia se habilitaron helicópteros para que vigilaran desde el aire e informaran de cualquier violación.

Una década después, la tanga causó furor en las playas brasileñas. Práctica y veraniega, marcaba de forma sugerente la figura femenina. Resultó una variante moderna y más audaz del bikini. «Sencillamente, un pellizquito de tela sobre la piel», escribió un cronista en la famosa revista carioca Veja. Su diseñador fue el genovés Carlo Ficcardi.

¿Qué queda por contar de esta historia del traje de baño femenino? Pues vamos, ¡el hilo dental! Se trata de una «tecnología de última generación», a la cual –creo yo- ninguna otra podrá superar, exceptuando al nudismo, que, por cierto, no tiene nada de tecnología. Lo curioso del hilo dental es que, según una revista del corazón en Internet, «se usa donde, paradójicamente, no hay dientes».

(Visitado 86 veces, 1 visitas hoy)

Juan Morales Agüero

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *