Lluvia de noviembre

Me  gustan las gotas de agua en las plantas  y en las superficies, ya sean de lluvia o de rocío, parecen escarabajos translúcidos de otra galaxia regalando su belleza fugaz, blanda, incomparable. Bajo el riesgo de que se me afectara el celular,aficionadamente, tomé el lunes algunas imágenes del patio de mi madre y de mi barrio, unas bajo la lluvia y otras cuando escampó intentando eternizar esa belleza inimitable que deja la lluvia a su paso en  diversos elementos del ambiente.

Fue al atardecer un aguacero fastuoso, anhelado, con su propio compás, sano, sin descargas tormentosas, en el que, por cierto, Violeta mi hija se bañó burlando los designios enfermizos de algún vecino que me cuestionó exponerla a lo que es, para mí, una escena de plena alegría y libertad.

Corrió entre los chorros tratando de mojarse con todos como si quisiera aprovechar cada instante, cada gota y trató de atraparlos en un gorrito que, fallidamente, le puse para proteger su pelo recién lavado, oloroso a aromas artificiales de tiendas que se trastocaron en ese aspecto pulido que la lluvia impregna en todo lo que bendice.

Mientras nosotras gritábamos y reíamos, como de fiesta, otros se guarecían de ese monstruo amable que es un buen aguacero y yo, lo confieso, sentía una hermosa superioridad que mi vecino le mencionó a mi madre como, locura, al día siguiente.

La lluvia me remite a la esencia de la vida a la vez tan intensa, tan corta, tan fugaz y tan bella. Redimensiona los objetos y los seres realzando ocultas maravillas o incluyéndolos en combinaciones extrañas y únicas. El verdor, la limpieza, parecen una posibilidad de comenzar de cero, una oportunidad, una esperanza.

Por Tahaní  Martínez Rivero

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Con solo una gota...
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Tahani Martínez Rivero

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