Historia de un triunfo

Me dijo que yo olía a hombre y mi corazón saltó perdiendo temer todo lo alcanzado. Me dijo que se daba cuenta de que la pasta dental se acababa más rápido, claro, si yo me lavaba la boca mil veces al día. Pero no podía hacer lo mismo con mi pelo y solía improvisar un turbante, con cualquier ropa vieja, que  con sus escotes provocaba oquedades extrañas que transpiraban.

A la hora de dormir o de tener un encuentro amoroso yo me pulía para ser la mujer más pulcra y deseada pero me sorprendía  y espetaba: Fumaste. Y yo, chica esterilizada, lanzaba expectante mi pregunta -Cómo lo sabes? Y me decía -El olor se te aloja ahí- y señalaba el lugarcito que se esconde detrás de la parte superior de la oreja.

De niña, en mi casa, los cigarros estaban como dice el personaje de Vivir del cuento apululu. Mi tío Oscar, vendía cigarros a granel fuertes y suaves, cómo se le dice aquí en Cuba, de manera popular, para diferenciarlos, salvando los distintos nombres. Tanto así que cuando no tenía nadie cigarros para vender él si tenía. Los suaves marca AROMA tenían, normalmente, menos demanda y sobraban en las cajetillas que Oscar le regalaba a mi madre, muchas veces, por la mitad.

Aprendí a fumar encendiéndole cigarros a mi  madre quien entonces era una fumadora tranquila de las que si tengo bien, y si no, también. Yo tampoco fui empedernida fumadora, quizás, por el ejemplo de mi madre o porque siempre había cigarros a mano.

Yo perdí un embarazo de ese hombre que amaba y dos años más tarde, logré una niña preciosa, pero él se fue del país y me quedé sola con una recién nacida y otro, adolescente, y me refugiaba en el cigarro intentando sopesar los problemas y la soledad.

Pero increíblemente, los mensajes de bien público de la televisión comenzaron a ejercer su efecto en mí. Empecé a observar mi rostro, detenidamente, en especial, en torno a los ojos, parte que cada vez se agrietaba más. Mi cara estaba tomando un viso de cartucho y por más que me arreglara sentía que no brillaba.

Un día, ya que con mis propias fuerzas no podía dejarlo, le pedí a Dios que me diera indiferencia por el cigarro. Y saben? Me la dio. Antes yo iba a la bodega de la esquina y aunque fuera a buscar otra mercancía siempre miraba para la esquina de los cigarros,  aunque tuviera en mi casa, tan solo por la tranquilidad de que estuvieran allí, más que los suaves tendían a escasear, a menudo, y los suaves, en divisa, aunque podía comprarlos, algunos, tenían un mentol que me provocaba un desazón en el estómago muy desagradable para mi gusto.

Puedo decir que entre el poder de Dios, el deseo de agradarle a mi esposo, el deseo de lucir y oler bien, y los mensajes de bien público me ayudaron a dejar el cigarro. No precisé sicólogos. Y digo esto, sin desdeñar a la ciencia, porque es una prueba de que con fe, con actos de sabiduría, por amor, por saludable belleza, sí se puede abandonar un vicio.

Claro, eso que podemos llamar, en buen cubano, pataleta, te dará, más o menos, a los tres, a los seis meses y hasta al año de haberlo vencido y cuando tengas situaciones tensas pero debes desviar del deseo, rápidamente, tu atención. Mi madre también lo dejó imbuida, de algún modo, en mis circunstancias. Tuvo sus recaídas pero la ayudé destacándole  que ante una batalla tan grande ganada no podíamos dar marcha atrás.

Y esto es importante porque si las personas que conviven combatieran contra el cigarro, juntas, evitándolo, dándose fuerzas, mutuamente, cuando llega el momento de la debilidad, de seguro, juntas podían vencerlo. Hoy, cuando sentimos el olor a cigarro, es extraño para nosotras y hasta llega a molestarnos y confieso que sobrellevamos a las personas que aún están bajo sus cadenas y que viven cerca nuestro pero dejando caer, cada vez que podemos  un consejo, una advertencia.

No podemos cansarnos de nombrar a lo dañino, dañino, de combatir a lo que nos puede alejar de la belleza y la compañía, no nos podemos cansar de buscar lo bueno. Aún quedan muchos aspectos por perfeccionar pero me enorgullece haber vencido esta batalla en el 2017.

Tú también puedes.

Foto: INTERNET

Por Tahani Martínez Rivero

 

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