El estilo femenino como acto comunicativo de las mujeres en la oratoria

A lo largo de la historia se ha analizado ampliamente el papel de los hombres como oradores y se ha restado importancia a aquellas mujeres que han conseguido convertirse en grandes movilizadores de masas a través de la palabra.

El estilo femenino nació de la necesidad de dar un nombre a la forma de expresarse de las mujeres. De acuerdo con Campbell (1989, p. 134), creadora de este concepto en su libro  Man cannot speak for her,  el estilo retórico femenino se basa en  cinco pilares que son: la narración de experiencias personales, el trato al público como un grupo de iguales cuyas experiencias también se pueden considerar como fuente de autoridad; el deseo de la participación del público, la creación de ejemplos que inducen a la generalización y el esfuerzo por identificarse con las experiencias del público, lo que según Campbell lleva al objetivo de la oradora femenina al empoderamiento del público.

Gracias a la aparición del estilo femenino como tal, la sociedad y los académicos pudieron estudiar la oratoria  y la retórica femenina desde una perspectiva distinta a la tradicional. Es decir, no tuvieron que seguir juzgando a las mujeres como oradoras siguiendo criterios específicos de los hombres  (Weaver, 2013, p. 28).  No obstante, hay quienes argumentan que los hombres también utilizan el estilo femenino y que, por lo tanto,  no pueden existir dos estilos diferentes y se deben analizar las características propias de cada orador.

Otros defienden que la categorización de los estilos resulta perjudicial cuando los oradores no emplean el estilo que les correspondería por su género.  Por ejemplo, el filósofo griego Aristóteles  afirmaba que la persuasión se conseguía mediante la personalidad del orador cuando habla de forma que su discurso resulte creíble.  Otros autores añaden que para poder cumplir esto, los oradores deben saber qué decir y cómo decirlo.

LA ORATORIA VIBRANTE DE ANA BETANCOURT

En estos tiempos, quizás, resulta muy fácil que una mujer lidere cualquier sector o actividad donde se desarrolle; pero ese empoderamiento ha costado siglos de espera y discriminaciones.

En Cuba, la historia realza varios nombres femeninos.  El ejemplo más vibrante fue Ana Betancourt. Ante la imposibilidad de tomar parte en la Asamblea Constitucional de Guáimaro por su condición de mujer, la camagüeyana, días después, el 14 de abril de 1869, pronunció un apasionado discurso en el que exigió que las féminas cubanas fueran liberadas de las cadenas de la esclavitud que su sexo les imponía.

En la Asamblea de Guáimaro, que tuvo lugar del 10 al 12 de abril de 1869, y en la que redactó la primera Constitución de la República de Cuba, subió al podio y en un discurso lleno de patriotismo proclamó la redención de la mujer cubana: “La mujer cubana, en el rincón oscuro y tranquilo del hogar, esperaba paciente y resignada esta hora sublime en que una revolución justa rompe su yugo, le desata las alas (…) Cuando llegue el momento de libertar a la mujer, el cubano que ha echado abajo la esclavitud de la cuna y la esclavitud del color, consagrará también su alma generosa a la conquista de los derechos de la que es hoy en la guerra su hermana de caridad…”.

Ana fue prisionera de los españoles. Durante tres meses la mantuvieron bajo una ceiba, a la intemperie, como cebo para atraer a su esposo. En esas condiciones tuvo que soportar incluso un simulacro de fusilamiento, hasta que en 1871, habiendo enfermado de tifus, logró deshacerse de sus captores y escapar del país. Ella murió en Madrid el 7 de febrero de 1901, sin claudicar a los ideales por los cuales luchó.

Sus cenizas regresaron definitivamente a la Patria en 1968, al conmemorarse el Centenario de la Guerra de los Diez Años. En su honor, una alta condecoración que otorga el Consejo de Estado de la República de Cuba, a propuesta de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), lleva su glorioso nombre.

Ana Betancourt rompió el mito y devino luchadora por los derechos femeninos y por la libertad de Cuba, una mujer consciente del momento en que le tocó vivir, pero tan valiente como adelantada a los preceptos que para su época fungían como normales. Al respecto Carlos Manuel de Céspedes señaló: Una mujer, adelantándose a su siglo pidió en Cuba la emancipación de la mujer.

Hay que tener valor, y valores, para exigir el respeto que se merece. Así lo dijo Martí, El Apóstol, de la camagüeyana Ana Betancourt de Mora, cuando escribió sobre aquella histórica Asamblea de Guáimaro:“…la elocuencia es arenga, y en el noble tumulto, una mujer de oratoria vibrante, Ana Betancourt, anuncia que el fuego de la libertad y el ansia del martirio no calientan con más viveza el alma del hombre que la de la mujer cubana…”

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Robiel A. Proenza Hernández

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