Ayer, Yaumara la vecina invitó, a mi hija Violeta a un picacake que, en Cuba, podemos decir es una celebración, breve, que incluye adornos menudos, algún regalito y los típicos comestibles del cumpleaños, que por ser pequeño, para pocas personas invitadas, ese mismo día, generalmente, suelen ganar en calidad y por lo tanto estar muy ricos.
Estos eventos, que abundan en Cuba ante lo costoso que puede salir un cumpleaños grande que puede llevar meses y años de ahorro, tienen su gracia. En medio de la alegría infantil yo me pongo a mirar las caritas y aprender de los más chicos quienes se alegran mucho con fiestas sencillas y, nos enseñan o recuerdan, así, a lo más grandes a compartir y disfrutar por el simple hecho del encuentro de retozar, reír y estar juntos un rato.
Llenos de singularidades son estas citas en las que en la foto le tapan la cara al abuelo con el globo que quiere volar y otro globo se embarra de merengue y alguien grita: pásale la lengua y qué me dicen de la niñita que llora a moco tendido porque se le explotó el globo, el verde, imagina su color preferido, su globo gladiado con otros persiguiendo la esperanza. Sin hablar de una que otra abuelita silenciosa que con la explosión suelta un gritobrinco y queda despierta en el centro de la vida.
Es cierto que en esos cumpleaños, preparados con esmero y sacrificio, uno sale bien contento con buenos regalos de rifas, competencias y piñatas pero estos picacakes me remiten a aquella comparación de Martí entre el arroyo y el mar en medio de la cual él se quedaba con la soltura y frescura del primero.
Me deleito con esa tranquilidad, más bien paz, que desprende el rostro de los niños cubanos como si en ellos siempre se reflejara quieta la luz del cielo. Y agradezco y me alegro, en silencio, sin saber nadie de mis enfoques profundos, en la más común tarde de diciembre, que a mí me sabe a gloria y me hace llorar, desde ya, por los que un día lo harán mirando su fotos de la inocencia.
Por Tahaní Martínez Rivero

