Enseñarnos a sucederle con dignidad es el mayor legado de Fidel

«Ellos están esperando un fenómeno natural y absolutamente lógico, que es el fallecimiento de alguien. En este caso me han hecho el considerable honor de pensar en mí. Será una confesión de lo que no han podido hacer durante mucho tiempo. Si yo fuera un vanidoso, podía estar orgulloso de que aquellos tipejos digan que tienen que esperar a que yo muera, y ese es el momento».

Así alertaba Fidel, aquel 17 de noviembre del 2005, en el histórico discurso pronunciado en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, con motivo del aniversario 60 de su primer encuentro con el Alma Mater. Muchas veces había dirigido sus palabras a la juventud, pero quizá nunca antes abordó con detenimiento dos realidades que de forma inevitable tocaron el corazón de todo el pueblo. La primera: que por ley irrevocable de la vida algún día dejaría de existir físicamente; la segunda: «Este país puede autodestruirse por sí mismo; esta Revolución puede destruirse, los que no pueden destruirla hoy son ellos; nosotros sí, nosotros podemos destruirla, y sería culpa nuestra».

Tal vez, en los momentos históricos que vivimos hoy, y después de haber enfrentado el golpe irreversible de su partida, sea más comprensible el mensaje que en ese entonces nos legaba el Comandante. Sin embargo, en ese momento nos confrontó con una realidad que, afirmo sin temor a equívocos, llamó a la reflexión a todos los revolucionarios, incluso a los que, como yo, teníamos unos escasos 15 años. Fidel, indiscutiblemente, nos llamaba a la «continuidad».

No es que no lo hubiera hecho antes, pues desde los mismos inicios de la lucha en la Sierra Maestra y los primeros años de la Revolución en el poder, siempre dejó claro que el proceso social que se iniciaba no se limitaba a su persona, ni siquiera a la Generación del Centenario, sino a algo mucho más poderoso: el Pueblo. Pero ese día nos enfrentó a la posibilidad de que nuestro sistema social podía ser reversible, y no porque nuestros enemigos tuvieran las armas para lograrlo, sino únicamente en caso de que el compromiso real de los cubanos con esta obra pudiera desmoronarse.

Hoy, con un poco más de madurez política asumo otra lectura de sus palabras, y revisitando cada uno de los momentos cumbres de la historia revolucionaria que protagonizó, comprendo que aun bajo su tutela, que aun con su imprescindible acompañamiento, Fidel nos enseñó a caminar, y en cada uno de sus actos hubo siempre un principio pedagógico: brindarnos las herramientas, valores e incluso, la plataforma ideológica para entender que no podíamos prescindir de nadie en el camino de la construcción del socialismo, que debíamos sucederlo con la mayor de nuestra fortalezas: la unidad; y entender el proceso de edificación de la sociedad próspera y sostenible como un proceso que traspasa por mucho las fronteras del ámbito individual.

Fidel nunca será mármol entre nosotros, sino presencia para siempre repensar la Patria. Foto: Yeilén Delgado Calvo
Fidel nunca será mármol entre nosotros, sino presencia para siempre repensar la Patria. Foto: Yeilén Delgado Calvo

Al estudiar sus discursos, al releer las frases que dirigió a las masas, no puede una dejar de asombrarse. Hay en ellas tanta visión futura, tan inimaginable entendimiento de los retos por venir que, como sucede con al Apóstol, podremos retomar el pensamiento fidelista ahora o dentro de cien años, y habrá en sus palabras siempre un mensaje atemperado al presente.

«Es alentador saber que miles y miles de jóvenes, y decenas de miles de jóvenes con una mentalidad revolucionaria, con una preparación cada vez más elevada, se incorporan a los trabajos del pueblo, se incorporan al esfuerzo del pueblo. Vemos cómo un pueblo nuevo va surgiendo de nuestra juventud. Y tenemos derecho a sentirnos confiados». (8 de noviembre 1961)

En fecha tan temprana como 1961, ya hablaba de confianza en la juventud, y al mirar ese día desde la distancia de 57 años, se hace evidente que esas nuevas generaciones con las que entonces hablaba fueron realmente dignas de su confianza y, como predijo, no fallaron jamás. Pero tampoco lo hicieron los hijos ni los nietos de aquella juventud enardecida, porque nuestro país logró algo quizá inédito, convertir a la Revolución en una herencia de familia, en una preciada posesión que se entrega junto al legado más genuino de los ancestros. Por eso los revolucionarios no mueren dejando un camino trunco, porque coexisten con su relevo, y lo educan en esos principios.

«…la Revolución ha hecho que el joven sea algo, y algo sumamente importante, en la sociedad, algo extraordinariamente apreciado en la sociedad. La Revolución ha hecho que los niños y jóvenes se conviertan casi en su razón de ser, ¡en su razón de ser!, porque son el objetivo de la Revolución, los continuadores de la Revolución». (4 de abril de 1972)

Fidel veía en la juventud el potencial de transformación. Foto: Archivo
Fidel veía en la juventud el potencial de transformación. Foto: Archivo

Nunca albergó Fidel duda alguna de la capacidad de renovación del proceso social cubano. Estaba seguro de que los tiempos difíciles podrían confundir a muchos, y tampoco fue ciego respecto al hecho de que el acoso constante de nuestros enemigos llegaría a sembrar la semilla de la decepción y el descrédito en algunos de los hijos de la Revolución. Pero siempre tuvo confianza, porque sabía que el impacto de esta obra sin precedentes en la dignidad de la gente, en su valorización, en el espíritu de amor patrio, era mucho más poderoso que falacias infundadas, y así lo hizo saber en muchas ocasiones, como el 26 de julio de 1998.

«No se dejen confundir por nada, no se dejen engañar jamás por nadie. Esa es nuestra esperanza, y que este país jamás retroceda, que esta Revolución jamás retroceda, que toda la dignidad y la gloria que hemos construido no puedan destruirlas nunca».

Aquellas palabras, después de haber sobrevivido a los años más duros del periodo especial, de haber puesto a prueba como nunca antes desde 1959, la capacidad de resistencia del pueblo cubano, dirigidas una vez más a los jóvenes, no eran sino la reafirmación de que podíamos continuar, siempre continuar. Aun con los pronósticos en contra, aun con las aves de rapiña sobrevolando nuestras cabezas habíamos salido adelante. Años más tarde, en sus conversaciones con Ignacio Ramonet apuntaría:

«…desarrolle y eduque a una sociedad completa (…) y veremos entonces lo que da. Esos son los ocho millones que después del primer año de periodo especial suscribieron: “Soy socialista”».

Es posible que muchos aún se pregunten cómo lo logramos, y creo que fue por la mayor de las razones, estábamos conscientes de lo que íbamos a perder. La vívida experiencia de un pasado de humillación era fuerza más que suficiente para saber que la opción de rendirnos no formaba parte de nuestra estrategia de supervivencia entonces. Así fue como una vez más quedaron los buitres con cuchillo y tenedor en mano, sin poder saborear su ansiado manjar y equivocadamente, el 31 de julio del 2006 volvieron a sentarse a la mesa.

«No albergo la menor duda de que nuestro pueblo y nuestra Revolución lucharán hasta la última gota de sangre para defender estas y otras ideas y medidas que sean necesarias para salvaguardar este proceso histórico.

«El imperialismo jamás podrá aplastar a Cuba».

El pueblo cubano es fidelista por convicción. Foto: Anabel Díaz
El pueblo cubano es fidelista por convicción. Foto: Anabel Díaz

Sería insensato negar el temor que nos invadió cuando escuchamos su proclama, el hondo sentimiento de preocupación y la inconmesurable prueba de lealtad a la que estábamos llamados. Pero los insulsos enemigos de la Patria confundieron, como tantas otras veces, el sentir de los cubanos. Temíamos por él, por su salud, por su vida, pero jamás ese temor tuvo como basamento ninguna debilidad en relación con nuestras convicciones, no hubo en ese instante ni el más mínimo asomo de flaqueza, ni estuvo cerca el pensamiento de que no podríamos seguir adelante.

Los años posteriores demostraron la capacidad de crecimiento de este pueblo, y de la mano de Raúl emprendimos un camino no exento de obstáculos, pero con sobrada voluntad para superarlos. Y Fidel encontró en sus reflexiones la manera de decirnos ¡aquí estoy, junto a ustedes siempre!
El sexto Congreso del Partido, la Primera Conferencia de esa organización guía para la sociedad cubana, el séptimo cónclave, llegaron para ratificar la necesidad de un imprescindible proceso de actualización de nuestro modelo económico, y para fortalecer el papel dirigente del Partido ante esa realidad.

Y llevamos a consulta popular la conceptualización de nuestro sistema, y el plan de desarrollo del país, y desde el obrero más humilde hasta el más excelso académico fueron escuchados en pos de una construcción colectiva de la sociedad.

En ese contexto nos sorprendió su despedida. Ese adiós para el que nunca estaríamos preparados y que nos caló en el cuerpo y el alma como solo la pérdida de un padre puede hacerlo. ¡Llegó el momento!, dijeron los esperanzados detractores de la Revolución y como de costumbre, volvieron a equivocarse. Pero eso, eso ya lo sabía Fidel.

«… la revolución no se basa en ideas caudillistas, ni en culto a la personalidad. No se concibe en el socialismo un caudillo, no se concibe tampoco un caudillo en una sociedad moderna, donde la gente haga las cosas únicamente porque tiene confianza ciega en el jefe o porque el jefe se lo pide. La Revolución se basa en principios. Y las ideas que nosotros defendemos son, hace ya tiempo, las ideas de todo el pueblo». (Cien horas con Fidel)
La Revolución continuaría porque para eso estábamos aquí sus herederos.

Desde entonces, cada vez que llega un momento trascendental de reafirmación revolucionaria no podemos evitar la expresión de: «es la primera vez sin la presencia física del Comandante», pero eso, lejos de desalentarnos, lo hemos convertido en poderosa motivación, en el homenaje sensible que le hacemos cada día. Y dimos la prueba más certera, la evidencia más completa de respaldo a los principios que aprendimos de él cuando, bajo el manto de la democracia y nuestra libre determinación como país, desarrollamos un exitoso proceso de elecciones generales, en el que ni la fuerza de la naturaleza pudo hacer mella.

Este 19 de abril, cuando quedó finalmente constituida la Asamblea Nacional del Poder Popular, y representados en valiosos compatriotas  millones de cubanos ocupando los escaños del Parlamento, hemos dado una lección al mundo, y una muy importante e imperecedera: solo los pueblos son dueños de su destino.

«No hay que medir las elecciones nuestras por los números de votos. Yo las mido por la profundidad de los sentimientos, por el calor, lo he estado viendo durante muchos años. Nunca vi los rostros más llenos de esperanza, con más orgullo». (Cien horas con Fidel)

Cuando la Generación del Centenario entrega las banderas del socialismo en las manos que tendrán el orgullo de mantenerlas en alto, se sostiene esa continuidad a la que Fidel dedicara gran parte de sus energías. Futuro incierto, jamás. Poblado de retos y nuevas batallas tal vez, pero siempre bajo la certidumbre de que solo el socialismo y la Revolución dan a este pueblo.

Elegimos un camino hace 150 años, y no ha nacido todavía ni lo hará, quien nos obligue a desviarnos de él. Queremos lograr como Fidel, como todos los que lo secundaron y ya no están, como podrán decir con orgullo quienes emprendieron la lucha junto a él y aún están aquí:

«…debemos emplear todas nuestras energías, todos nuestros esfuerzos, todo nuestro tiempo para poder decir en la voz de millones o de cientos o de miles de millones: ¡Vale la pena haber nacido!  ¡Vale la pena haber vivido!».

Fuentes: Cien horas con Fidel. Conversaciones con Ignacio Ramonet; Fidel habla a la Juventud;

Discurso pronunciado por Fidel en el Aula Magna de la Universidad de La Habana con motivo del Aniversario 60 de su entrada a esa casa de altos estudios; Proclama de Fidel al Pueblo de Cuba, 31 de julio del 2006.

Por: Leidys María Labrador Herrera

Tomado de Granma

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