En tiempos de ciclón

Cuba es un archipiélago asediado por ciclones. Situado en el paso de tales fenómenos meteorológicos se encuentra este país, que desde siglos anteriores tiene suficientes evidencias de cuán dañino  resulta para la nación el impacto de uno de ellos.

De tal manera que en épocas ya lejanas, como la centuria decimonónica o la primera mitad de la pasada, la población cubana estaba, prácticamente, desamparada cuando de embate de ciclones  se trataba.

Sin embargo, luego del triunfo de 1959, se dieron pasos en aras de perfeccionar lo que sería el nexo indispensable entre el Instituto Nacional de Meteorología y los órganos de la Defensa Civil. Una simbiosis que comenzaría a tornarse más eficaz luego del azote del ciclón Flora a Cuba en octubre de 1963, considerado la segunda catástrofe nacional de mayor envergadura.

A partir de ese momento el gobierno revolucionario avanzaría en su afán de lograr  que el pueblo cubano adquiriera la cultura de adecuada percepción de riesgo y, en consecuencia, una actitud de disciplina ante la amenaza e impacto de un ciclón.

Correctamente concebida está desde hace mucho tiempo la estrategia de etapas de trabajo, tras la detección de una tormenta que ofrece peligro para Cuba. Existen tres fases bien definidas: la informativa, la de alerta y la alarma ciclónica y todos están conscientes de cómo actuar en cada una de ellas.

Ahora en este septiembre de 2017, cuando el potente huracán Irma, anclado por muchas horas en la terrible categoría 5, ha dejado sentir su devastadora fuerza en la costa norte cubana, hemos sido otra vez testigos de la validez del sistema nacional de acción ante catástrofes en presencia de un fenómeno natural de tal índole.

Como periodista he viajado en busca de información a los municipios de Majibacoa y Manatí, este último ubicado en la costa norte tunera y he sido testigo de la adecuada disciplina de la población  para evacuarse, en caso de ser necesario, y no salir de los hogares en el momento en que el peligro es mayor.

De esta forma la conjunción del orden ciudadano y de la agilidad de los órganos encargados de la protección, a la hora de acometer ejercicios de salvamento, permiten minimizar los daños en sentido general y, sobre todo, reducir la pérdida de vidas humanas.

Esta realidad, evidente ante los ojos del mundo, ha hecho posible el reconocimiento a Cuba de varios organismos internacionales. Se reconoce la valía del método cubano que, desde hace décadas, hace confluir la precaución y el actuar oportuno en aras de proteger a las personas y a los bienes económicos.

Esto hace que los cubanos, preocupados siempre en los tiempos de ciclón a pesar de la costumbre, no nos dejemos arrastrar por el pánico y sepamos adoptar las medidas de cada fase, conscientes de que vivimos en un sitio donde nunca nos sentiremos desprotegidos.

 

 

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