Cosas de mujeres

Cuando la algarabía de la alarma electrónica hace trizas el silencio del amanecer, Nancy –semidormida- extiende un brazo y le apurruña la corona al reloj. Por unos segundos más permanece  echada sobre la cama. Luego bosteza, estira el cuerpo, se pone de pie y comienza a despabilar la agenda de su pensamiento.

Le da un repaso a algunas tareas. «Tengo que comprar jabón y viandas», musita para sí. Somnolienta va a la cocina y alista la cafetera para el primer buchito del día. Lo bebe en silencio y con delectación. El líquido negro y caliente le tonifica el ánimo. Deviene suerte de disparo de arrancada para enfrentar los compromisos de su cotidianidad.

En la habitación contigua le echa un tierno vistazo al hijo que duerme. Intenta despertarlo con una caricia. «Vamos, perezoso, que se te hace tarde», le susurra. Desde la abulia de sus seis años, Javier rezonga  y se vira para el otro lado. Luego obedece y hace lo de siempre. Nancy  organiza el cuarto, lo ayuda con el uniforme y le acomoda la mochila.

El desayuno está a punto. Depende de las posibilidades. Tal vez pan con aceite. O con mantequilla. O con queso. O solo pan tostado. Depende. Y quizás yogur de soya. O jugo natural. O café con leche. O refresco instantáneo. Depende. Nancy se esmera por tenerle algo siempre. Igual para la merienda. Mientras él desayuna, ella, a toda prisa, se viste, se mira en el espejo, se peina, se pinta, se perfuma, se evalúa…

Salen. Por suerte, la escuela está cerca. Nancy lo deja en la puerta. El drama de la «botella» rumbo al trabajo es lo peor de la mañana. Los carros pasan de largo, indiferentes a  la súplica de su brazo. Por fin, atrapa uno. La deja a siete cuadras de su consultorio. Llega exhausta y agitada. Va directo para el gabinete. La aguardan sus pacientes.

Los casos de hoy son varios. Una madre con su pequeño en estado febril; un anciano al que se le venció el tarjetón; una joven grávida con amenaza de aborto; un hombre con problemas de hipertensión… Nancy les escucha y les prescribe. Luego, con el sol a plomo, se va a la calle a visitar en sus hogares a un inválido y a una recién parida.

A su regreso al consultorio, pone en orden los papeles y las historias. Pasado el mediodía toma rumbo al hospital. Como las guaguas demoran, resuelve hacer el trayecto a pie. “¡Pero qué calor, madre mía!”, se lamenta mientras se enjuga el sudor. En el centro de documentación revisa bibliografía para un evento científico. Luego se llega al laboratorio a buscar el resultado de los análisis de una vecina. Y pasa por la oficina de una colega amiga que le tiene unos zapatos para Javier.

“¡Uy, ya casi es hora de recoger al niño!”, se alarma. Otra vez se somete a la odisea de la botella. Aborda un camión, que la deja lejos de su rumbo. Por el camino compra jabón y viandas. Y un paquete de sorbetos para Javier. Y se toma un refresco frío. Ya en la escuela, alguien le recuerda que hay reunión de padres. A ella –madre sola- le corresponde de oficio. “Tu hijo anda bien y es muy aplicado”, le dice la maestra. Y Nancy, a pesar de su extenuación, siente que es inmensamente feliz.

Camino a casa, él le cuenta las incidencias escolares del día y el resultado obtenido en una evaluación. Se abrazan jubilosos. Javier se empeña en cantarle una canción que la maestra le enseñó hoy y que tiene que ver con el amor a la Patria. Nancy la conoce y la tararean juntos. Y por un instante tiene la sensación de que vuelve a ser niña.

Apenas franquea la puerta, se enrola en su segunda jornada laboral. Llena de agua la lavadora y acopia las piezas sucias; sacude el polvo de los muebles; barre las habitaciones; plancha el uniforme de mañana; adelanta la comida; cuelga la ropa lavada; atiende el teléfono; va a la bodega antes de que la cierren; riega sus plantas ornamentales; dedica unos minutos a los ejercicios; le dice a Javier que no hay juego hasta que haga la tarea;  y hasta canturrea una canción de moda.

Cae la noche y casi es hora de la cena. Nancy le prepara el baño a Javier y sirve la mesa. Los dos comen juntos. Después friega la loza y bota la basura. Desde que se levantó no ha parado un minuto, pero busca tiempo para pintarse  las uñas y depilarse.  A la hora de la novela se sienta frente al televisor. Luego revisa la contabilidad de la casa, saca cuentas y aparta un dinerito para situaciones imprevistas.

Como cada noche, Javier le exige que le lea un libro de cuentos en la cama. Para allá van los dos, juntitas las cabezas sobre la almohada, y Nancy deviene intérprete de circunstancia de varios personajes infantiles al unisonó. El niño -¡ah, la niñez!-  se queda rápidamente dormido. Ella le estampa un beso en la frente, lo arropa bien y le apaga la luz.

Vuelve al televisor. Anuncian  una película de estreno. “La quisiera ver”, dice para sí. Pero no. imposible. Los párpados se le caen del sueño. Ha tenido otra jornada intensa y el cuerpo debe descansar. Con toda su calma pone la alarma del reloj para la hora de siempre. Para Nancy, como para miles de mujeres cubanas como ella, mañana será otro día.

 

 

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