Llegaste con tu barba rala y tu estrella en la boina para ocupar el nicho de los que no mueren nunca. ¿Qué miras a lo lejos? Te comprendo: allá, sobre Los Andes, aguarda por una nueva arremetida libertaria tu sueño americano. Y ahora eres puño de acero y pupila vigilante.
Arribaste con tus botas gastadas y tu indumentaria de labor a darle vida al mármol que te perpetúa. ¿Qué te propones? ¡Ah, claro! Allá, en un cañaveral anónimo, aguarda por tu ejemplo el trabajo voluntario. Y ahora tu sudor va a disputarle al rocío la primicia.
Apareciste con rostro severo y verbo duro a meterte en la refriega vital de la eficiencia. ¿Qué pretendes? Ya: exigirle al hombre todo lo que pueda ofrecer, que es mucho. Y ahora los convocas como en los tiempos de la industrialización, la contabilidad y la eficiencia.
Retornaste con tu mochila y tu fusil guerrilleros fragantes a sierra y a selva. ¿Qué te depara el futuro? Entiendo: defender desde tu inmortalidad la Revolución que te catapultó. Y ahora vuelves a ser el hombre que optó por la caja de balas por sobre la caja de ampolletas.
Regresaron tú y tus bravos con sus osamentas gloriosas a guisa de refuerzo para nuevas batallas. ¿Qué ha sido de ti, Che? Esto: un paradigma eterno, un espejo, un aliento para los que desfallecen, un libro abierto, un reprimido ataque de asma, un discurso vehemente, una referencia constante, un hombre devenido leyenda.
Y hoy que la isla toda se viste de pueblo para conmemorar 51 años de tu epopeya boliviana, tu nombre es confirmación de que estás aquí, entre nosotros, para siempre.

