Así surgió nuestro carnaval

El carnaval tunero tiene antecedentes en tiempos de la esclavitud. Por entonces, y en determinadas fechas del almanaque, los amos y el clero les permitían a sus esclavos ciertas licencias.  Sucedía a fines de septiembre. Era la ocasión para que aquellos hombres y mujeres desarraigados a la fuerza de su tierra africana se tomaran un minuto de libertad para recorrer la zona, disfrazarse, cantar, bailar y fiestar en nombre de San Jerónimo, santo patrono de la ciudad.

Mucho tiempo después,  entre 1901 y 1910, surgió en nuestro territorio un nuevo tipo de festejo conocido como verbena, también dedicado al santo. Tenía como sede a Guamo, comarca rural cercana al río Cauto, al sur de Las Tunas y colindante con Bayamo. A  las verbenas de San Jerónimo llegaban manzanilleros, tuneros y bayameses para bailar al compás de los órganos orientales, los conjuntos soneros y la música guajira.  Las opciones incluían, además, trovadores, repentistas, corridas de cintas, palos ensebados y juegos diversos. Guamo devenía sitio para festejar y para comprar y vender productos de todo tipo.

Las fiestas o verbenas de San Jerónimo se trasladaron de Guamo para Victoria de Las Tunas en 1951. Conservaron las mismas características. Desde esa fecha y hasta los años 50 del siglo pasado, devino tradición que largas  procesiones de tuneros desfilaran por las calles de la ciudad desde las seis de la mañana, precedidas por la Banda Municipal. Los participantes portaban velas, cruces, pendones y la efigie de San Jerónimo. El carnaval tunero, tal y como lo conocemos hoy, se organizó por primera vez en el mes de septiembre de 1952.

Como novedad figuraron las comparsas y las carrozas. La conga Los Mau Mau celebró su primer pase. Los fuegos artificiales y los disfraces le dieron vistosidad. Estos festejos eran patrocinados por  la alcaldía, con fondos donados por instituciones y familias pudientes. Además, recibían la subvención de firmas como las cervezas Hatuey, Polar y Cristal, que recuperaban el desembolso con la publicidad a sus productos.

Otras ofertas eran los bailes populares,  las carreras en bicicletas y los rodeos. Algunas eran humillantes, como la selección de la persona más fea. Y otra antihumana: una competencia de fuerza que premiaba a quien pudiera dar más vueltas en torno al parque Vicente García con un saco de azúcar de 13 arrobas sobre los hombros.  Al ganador la firma de cigarros Trinidad y Hermanos lo premiaba con 25 pesos.

En el concurso de belleza solo tomaban parte muchachas de familias pudientes, propuestas por sus sociedades culturales. Sus candidaturas se exponían en vidrieras comerciales y la gente votaba por su preferida. La primera reina del carnaval tunero fue Bertha Maestre, a quien los poetas Al Carrazana y Gilberto E. Rodríguez le dedicaron inspirados versos, práctica que luego se convirtió en tradición.

El carnaval se prepara con antelación y exige mucha organización. Pone a prueba capacidades que van desde el diseño de un área bailable hasta un programa de transporte masivo. El carnaval es una puesta en escena cuyo final lo mismo puede provocar una ovación que una trompetilla. Pasarla mejor o peor en sus festejos depende de factores diversos. Porque el carnaval gana o pierde siempre por votación dividida.

Una atracción del carnaval es el paseo de comparsas. Fusiona tambores, vestuario, coreografía y vaya usted a saber cuántas cosas más. Desde hace más de 50 años, los carnavales tuneros no se conciben sin la participación de la comparsa Estampas Tuneras. Según su fundador, Edilberto Rodríguez Agüero, más conocido por Zabala, su nombre surgió en 1956, en el parque Vicente García, cuando un miembro del colectivo, al ver que carecían de vestimenta decorosa para participar en la fiesta, exclamó: “¡Qué estampa!”. Zabala respondió al momento: “¡Estampas Tuneras!”. Y se quedó con ese nombre.

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Juan Morales Agüero

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