Madre, refugio y coraza

La madre, esté lejos o cerca de nosotros, es el sostén de nuestra vida. Algo nos guía cuando ella no muere. La tierra, cuando ella muere, se abre debajo de los pies. Así dijo nuestro Apóstol José Martí y, como siempre, su aseveración deviene verdad irrefutable.

Y es que en la cumbre de cada vástago debiera ubicarse, por derecho propio, el lugar de la madre. Desde que él es apenas semilla en su vientre ya es para ella lo más importante.

A su paso por la vida la madre es pilar que sustenta, forjadora de preceptos, refugio y coraza. Enseña y reprende con la misma pasión que mima y perdona.

Nadie como ella  para consolar y proteger los sueños. Nadie como ella para alimentar las esperanzas.

Si está a nuestro lado todo es bien simple porque su filosofía es la más sabia y sus argumentos los más sólidos, pues su fuente nutricia es el amor.

Ser incondicional es la naturaleza de la madre. Para honrarla no alcanzan los días en el año.

Sublime es el epíteto perfecto para su cariño y si hay algo comparable a lo divino es el sentimiento que profesa al ser que salió de sus entrañas.

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Anybis Labarta García

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