Su oro negro

En la comunidad de Palo Seco el tiempo parece detenido. El sitio, alejado unos catorce quilómetros del municipio de Jobabo, en el sur de Las Tunas, es lugar de personas humildes que no temen a la rutina ni al trabajo bajo el sol.

Muy cerca, un monumento recuerda la Batalla de Palo Seco, protagonizada por la tropa de Máximo Gómez que enfrentó a 600 soldados españoles en diciembre de 1873.

Un poco más allá el silencio es todavía más intenso. Tanta quietud muestra solo el marabú, tupido y profundo que se apodera de todo. Pero, entre tanta soledad, una mujer de 58 años desafía el calor, el sol abrazador que envuelve al monte.

Su nombre es  Gertrudis Rodríguez y por más de 20 años se ha dedicado a producir carbón vegetal. “Aquí se perdió toda fuete de empleo y tuvimos que optar por esta que me hace sentir útil porque me gano la vida con mis propias manos”, apuntó.

El horno está listo. Llegó la hora de ver el resultado de varios días de entrega, de amor. Avanza el día y los sonidos del carbón se convierten en música para los oídos de Gertrudis, conocida como la Changó de estos lares. “Me dicen así porque cuando era pequeña estuve bien enferma y mi papá me dijo que la primera palabra que pronuncié al recuperarme fue Changó y así me quedé”, añadió.

Changó no descansa, sabe que el tiempo es limitado, por eso necesita vivir. “Mis vecinos me dicen que yo no me canso y es que prefiero permanecer activa porque lo que no soporto es estar sin hacer nada”, concluyó.

Muy cerca, historias de mujer perviven donde aún permanece intacto el rumo del monte. Allí Julia Consuegra de 54 años y su sobrina Nidia Zamora de 51 mantienen viva una labor que les pertenece por tradición familiar.

“Hace 21 años me dedico a este trabajo que es muy fuerte pero que me alegra la vida porque es el que pone la comida y la de mis hijos en la mesa. Mi madre también lo hizo y falleció con 93 años”, explicó Julia.

A veces el pasado es algo para no recordar, si deja huellas profundas que solo puede borrar la voluntad. “Cuando tenía 31 años tuve un accidente que me dejó sin funcionar el brazo izquierdo, pero eso no me ha impedido seguir adelante. Así pico la madera, realizo el horno y luego ensaco el carbón para su venta al fin del mes”, dijo Nidia.

Vuelven al monte, repletas de sudor, pero sabiéndose útiles y llenas de orgullo, de esperanza. Julia, Nidia, Changó, mujeres interminables. Ellas hacen brotar de sus manos, eso a lo que llaman su oro negro. No importa el calor, el humo ni el polvo, conquistan el monte, como siempre.

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