Cuando terminó la apertura del IV Taller Internacional de Payasos me sentí satisfecha de haber dirigido temprano mis pasos hasta allí, frente al museo provincial Vicente García, y de haber absorbido tanta sensaciones sanas para el alma. Porque aunque veamos las fotos y nos contagie el color, la alegría, la risa, el movimiento, verdaderamente, hay que haber estado allí para conocer y reconocer que uno estaba viviendo un momento único, inenarrable.
Sentí que el espíritu de Chaplin estaba allí disfrutando, de punta a cabo, todo este homenaje y este canto, desde el arte, a la vida. De entrada le hice una foto a Violeta con algunos de los integrantes del proyecto infantil teatral y circense de Teatro Tuyo que no posaron pues estaban atentos a la llegada de la Invasión de los Zapatones para iniciar su actuación pero salieron regalando diferentes expresiones más ricas que una postura.
Me reí muchísimo con el discurso de Papote, a quien se le perdieron las palabras, y luego el discurso completo que propuso buscar, por todos lados, y un payaso me obligó a buscar en mi cartera y me quería llevar un almohadón que yo traía para que la niña se sentara en el piso y comenzó a tirar del almohadón, en busca del discurso y yo me repartí de la risa -que siempre viene tan bien- al hallar, repentinamente, en riesgo el cojín.
Y es que un payaso es así te pone en riesgo, en el hermoso riesgo de romper tu rutina, de descuartizar tu tristeza, de olvidar tus problemas y tirarte en el centro de la vida y decirte ríe para que resistas pero contento.
Danzas, pantomimas, coreografías culminaron en una fiesta gigante donde se mezclaron artistas y público de una forma que me recordaba el placer de nacer.
Aunque el comienzo del Taller apeló por todas las estaciones, sin lugar a dudas, se cogió para sí, de un solo golpe, todo el latido de la primavera.















